REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
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Epidemia


#CORONAVIRUS

Ante la muerte de sus dos hijos y su cuñada, ahogados un día estival en la playa, Mishima hace pensar en su relato “Muerte en el estío” a la madre Tomoko:


        El tratarse de tres personas y no una como sucede habitualmente en un accidente en la playa, hasta parece ridículo. Aun diez mil personas hubieran constituido una cifra absurda. Había algo grotesco en lo excesivo y sin embargo ni una guerra o una catástrofe lo eran. Una muerte era algo tan grave y solemne como un millón de muertes. El leve exceso es lo diferente.


        Me tocó enfrentar la epidemia de Sida cuando empezó a tocar nuestras playas. Lo primero que advertí es que la Medicina empezó a recurrir a un lenguaje olvidado. Antes eran enfermos potenciales donadores de órganos, curvas planas en el electroencefalograma. Ahora eran desahuciados que debían encontrar consuelo en el amor familiar, la Medicina no tenía nada que ofrecer. El desconocimiento de la peste rosa era absoluto. Venían a morir los enfermos repatriados, pero las familias no siempre eran las mismas. Una impotencia desesperante con una gigantesca condena social para el paciente. Se recomendaba amor y cuidado familiar.


        Fuimos los cirujanos iniciales del SIDA en el Posadas, incluso con pacientes derivados del Muñiz. Todo era ignorancia en una enfermedad devastadora que hacía renacer, suprimiendo la inmunidad, terroríficas enfermedades infectocontagiosas o tumorales. Se originó en monos africanos y demoró su ingreso a Occidente desde donde se repartió a todo el planeta. Daba tiempo, a veces era lenta y sádica o fulminante. Mataba de mil formas distintas.



      Era difícil vencer las humanas resistencias, a todos escandalizaba, fui rechazado al llevar mis pacientes por clínicas y hospitales, los enfermeros no querían tocarlos. El médico parecido. Aprendí la palabra apestado que se traduce hoy como discriminación.


      A pesar de que el contagio era solo sexual, la gente no quería ni ver a alguien padeciendo la inmunosupresión adquirida. Se recomendó el sexo seguro, eliminar la promiscuidad, combatir la adicción, no inyectarse en grupo, al menos. No siempre nuestros consejos eran atendidos, ni lo son aún. 



        Recuerdo a un paciente que agonizaba presa de la tuberculosis, el herpes y la candidiasis que, mirándome, me suplicaba que le de la mano porque era horrible morir así, sin nadie que lo toque.“Si aunque sea me estuviera muriendo por un cáncer”, me dijo.



       La inmunidad del enfermo era destruida y una vacuna era impensable, todavía no existe. Las curvas pronosticaban diseminación aterradora y yo aprendí el concepto de epidemia, comunidad, grupo de riesgo, contagio. Entendí también que toda epidemia es una batalla. La epidemia es una enfermedad mortal que tiene todo el grupo que está expuesto. Para el SIDA, serían, una vez propagada,  todas las personas sexualmente activas en plazos distintos. Curvas, contra curvas, conferencias, cursos, indicaciones a los grupos de riesgo, etc… me llamó la atención que ciertas personas no se cuidaran deliberadamente. Siendo positivos no lo comunicaban, siendo negativos aceptaban el riesgo de no cuidarse. El espíritu de autodestrucción, disfrazado de mil relatos, anida en todos y es dominante en muchos.



      Todas las herramientas se pusieron en juego mientras la Ciencia, la Medicina, buscaba la solución. No la encontraron aún, pero desarrollaron medicación eficiente, los retrovirales.


        Millones de personas murieron por esta epidemia en los cinco continentes. Mueren todavía millones al año. Pero es verdad que con tratamiento adecuado y caro la viremia se hace cero y se puede considerar una enfermedad crónica. Personas que al inicio hubieran muerto conviven con su mal desde hace años, décadas.


          Ahora estamos frente a una epidemia de dimensiones colosales. No lo fue el Ébola, ni la gripe A, sus dimensiones eran humanas. Esta epidemia parecería venir del Medioevo, es de características antinaturales. No solo no tiene cura sino que su propagación es geométrica y los modernos trasmisores, los aviones, la han hecho planetaria. La han hecho con la intensidad, la velocidad, la eficiencia y la sutileza de nuestra época.


          Virus es lo que infecta instantáneamente nuestra computadora.


          En la epidemia de SIDA el sexo estaba desmadrado, la orgía de moda, las drogas inyectables a plena expansión. Fiestas monumentales en galpones neoyorquinos, donde todo circulaba a la manera master/slaves, ya producían sus patologías.

     
      ¿Qué es esta nueva epidemia que nos obliga a encerrarnos como única solución?


       ¿Es la epidemia una fuerza de la naturaleza que quiere decir algo? Seguramente no. Pero sin nuestras técnicas, sin nuestra avidez, sin nuestra soberbia se hubiera limitado seguramente en China cuando apareció el 19 de noviembre el primer paciente. La Medicina cumplió su deber y advirtió, lo hizo un médico, el poder lo condenó por traidor. ¿A qué traicionaba? Eso es raro. Los médicos somos neutrales en nuestros diagnósticos, se podrá ser más escrupuloso o más amplio, pero ¿traicionar? Se pide a los médicos no ser el mensajero de malas noticias, antes pagaban con la vida como ahora: este médico murió de coronavirus.


       El médico que denunció la gravedad de lo enfrentado traicionaba la acumulación de riqueza y ponía en riesgo el crecimiento económico. Solo advertía; no traicionaba nada porque eso iba a pasar se quisiera o no, con más o menos muertos, pero las epidemias y la muerte traen funestas consecuencias habitualmente. Si el jefe del hogar muere en un accidente, sus hijos o conyugue saldrán muy perjudicados económicamente.   


          Ahora enfrentamos esta pandemia que será crisis económica e incluso social. Toda crisis es una oportunidad de volver a pensarnos. Si encerrarnos es la solución terminaremos encerrándonos.Ojalá no sea excesivo el tiempo necesario, porque encierro y cárcel se parecen.

 
          Los cuatro jinetes del apocalipsis son la muerte, el hambre, la guerra y la peste. Hoy lidiamos con un jinete apocalíptico que sin ser extremadamente letal como era el SIDA es quizás mucho más dañino. Esperemos que después de esta peste no venga el hambre que llame a la guerra y que traiga la muerte. No lo creo. Creo que el planeta está para defenderse y, como toda conmoción, pasará.



          En lo personal aprendí que cada médico que enfrenta una enfermedad mortal en su paciente, ya sea que gane o pierda la batalla siempre se contagia en algo. ¿Lo llaman transferencia? Creo que es la humanidad que todos compartimos.


          Cada paciente es un desafío, pero en una epidemia es todo el grupo social y en esta es toda la humanidad la que debe responder. Las dimensiones de este drama son escalofriantes. Jamás pensé pasar por una situación semejante.


          Es claro que la epidemia se mueve en esferas religiosas como lenguaje. Este corona virus es un Moby Dick pero como su opuesto, no es un monstruo de dimensiones colosales al que se puede vencer uno contra otro. Es invisible y maligno. Habla de amenaza a toda la humanidad.


         Recuerdo esta frase de Hölderlin: No entiende lo divino aquel que no está hecho del material de los dioses.


          Así habla Dostoievski en Los hermanos Karamazov, la gran novela del ruso sobre el parricidio. ¿O hablaba del Deicidio occidental?:


       ¡La belleza es cosa terrible y espantosa! Es terrible debido a que jamás podremos comprenderla, ya que Dios solo interrogantes nos plantea. En el seno de la belleza, las dos riberas se juntan y todas las contradicciones coinciden…Y así vemos que aquello que el intelecto considera vergonzoso, a menudo le parece de espléndida belleza al corazón. ¿Hay belleza en Sodoma? Creedme, muchos son los hombres que encuentran su belleza en Sodoma. ¿Sabíais este secreto? Lo más horroroso es que la belleza no solo es aterradora, sino también misteriosa. Dios y el Diablo luchan en ella, y su campo de batalla es el corazón del hombre. Pero el corazón del hombre solo de su dolor quiere hablar.



        Hablemos de nuestro dolor, que en estos días es sin medida. Pensemos lo que todos estamos sufriendo en silencio o defendiéndonos del peligro en que estamos. Y pensemos ahora con la grandeza de Hölderlin o Dostoievski, ya que nos atacan fuerzas milenarias antiguas como la peste, agigantemos nuestro corazón que es enorme. La Ciencia tiene objetos parciales, es conocimiento fragmentado, la religión es Totalidad, conjunto. Hoy necesitamos de ambos saberes milenarios. Seamos heroicos cuidándonos y cuidando a los otros. Reinventemos la civilización del Amor. Si quieren pueden llamarlo solidaridad. Sepamos que el Amor o la Solidaridad exige sacrificios, el grupo más numeroso de contagiados son médicos, enfermeros, auxiliares. Para seguir en el frente de batalla hay que Amar a lo Grande, sin reticencias ni excusas. Eso incluye el sacrificio, hacer sagrado. Al final de la vida serás juzgado en el Amor.


 
Juan Zorraquín nació en Buenos Aires. Durante cuarenta años fue médico de planta en el servicio de cirugía del Hospital Posadas. Fue jefe de la sección Proctología del mismo hospital. Publicó el libro de cuentos Tormentas (Mardulce) y las novelas Medicina (Mardulce) y El guiño (Mardulce).


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