REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
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Una pregunta


#CORONAVIRUS

Marcela no puede consigo misma, le han dicho por todos los medios que se trata de una conducta a evitar y que atenta contra el bien social; y contra su bien personal seguro que también. Su joven hija, Lucía, vive con ella y fue envuelta por la misma lógica, que le llegó de la voz de su madre. Desde que escucharon la noticia sobre el aislamiento social obligatorio, como forma de control de las epidemias desde el Medioevo, lanzado por el Gobierno Nacional, y que podría endurecerse a medida que pasen los días, Marcela y Lucía salen al supermercado durante las tardes con la intención de acopiar alimentos, para resistir meses de aislamiento. Las alacenas están llenas, y al ser el departamento chico, deben caminar entre bolsas de supermercado cuando realizan los pequeños deslizamientos domésticos. En tiempos de epidemia el alimento las envuelve más que nunca. El temor a la falta del mismo se les aparece ante cada lata de conserva que pareciera contemplarlas. ¿Previsión? ¿Locura personal, o locura de a dos, o locura de a cuántos?  



      El acontecimiento COVID-19 es inesperado y de desarrollo fulgurante. Invisible como todo virus, y poderoso desde su invisibilidad, da lugar a todo tipo de razonamiento y de respuestas personales y políticas. Algunos ensayan la cordura y el pensamiento cartesiano, otros practican la emotividad y los tonos exaltados. Las poblaciones terminan respetando, en su enorme mayoría, lo que se les baja del poder político. Cualquier rebeldía será castigada, dicen, el posible sobrevuelo de la parca lo amerita.  



      Ante la extrema novedad del suceso y ante la exterioridad amenazante, Marcela responde con su fantasma personal; ahí está, siempre estuvo, invisible, eso, su fantasma, en el lugar más profundo de su archivo, pero listo para saltar en el momento en el que alguna situación extrema de la vida lo demandara. Y sea o no pertinente su protagonismo.



      Lo externo y sorpresivo hace resonar en Marcela lo más íntimo. Nunca había sido demasiado previsora, llevó su vida con responsabilidad, pero nunca los deberes y obligaciones se transformaron en una cárcel o en una excusa para justificar la vida. El Covid-19 con su ARN aún no alcanzó su cuerpo, quizás no lo alcance nunca, quizás lo alcance y no haga síntomas, o quizás sí y sean crueles, pero ya alcanzó su fantasía más profunda, su hueso, su verdad. Chocaron, colisionaron, pactaron, fantasma y coronavirus. Ni Marcela ni Lucía pasaron hambre, nunca; tampoco sus padres; sí, sus abuelos y bisabuelos en otro continente y otros tiempos; y durante una guerra donde bombas caían, estallaban, rompían edificios y despedazaban cuerpos. “Tu bisabuela mordía el cuero de los zapatos. Eso era el hambre. Eso”. El mito individual, de origen social, transpersonal, las vivencias de los otros en nosotros, se activan y se reproducen  ante el puro futuro. ¿Qué puede aportar el miedo, el miedo de nuestros antepasados, ante nuestro propio miedo? ¿Sus carencias y vivencias serán las nuestras? En la imaginación pareciera que sí, en la realidad hay que esperar. ¿El miedo de un hombre del siglo XXI al coronavirus puede ser el mismo miedo que el de un hombre del Medioevo ante la peste, cuando todavía ni existía la epidemiología ni Pasteur, y ni se sabía que había seres invisibles que hacen enfermar? Para escribir literatura gótica y amar el pasado quizás ese miedo sea pertinente, para escribir y sentir algo del futuro podría ser anacrónico.

     
     
      Mientras el mundo está conmovido por el acontecimiento Covid-19, y su sorpresa, Marcela solo puede ver un fantasma de hambre, que por ahora solo le costó miradas reprobatorias en el supermercado. El fantasma del hambre la tomó desde niña, se le infiltró a través de las palabras familiares, y quedó allí latiendo en silencio. No conocía su intruso. Ahora le da una identidad de acopiadora. A diferencia del Covid-19, virus ARN que luego de producir su estrago no queda en el organismo para siempre, la voz escuchada en la infancia se parece a un virus ADN que una vez que alcanzó un organismo queda allí en latencia.



    Marcela es un caso singular, que muestra una reacción general a los acontecimientos imprevistos. Una crisis, su irrupción, significa en la mayoría de los humanos un retroceso a sus pensamientos más antiguos y más dejados de lado en la biblioteca de los recuerdos. Algo así como un hombre entrado en años que ante una separación amorosa sufrida e imprevista buscara en una antigua agenda el contacto de su primera novia; incluso si  ella en ese entonces lo hubiese destruido. Lo más ignoto e incierto llama a lo más antiguo, al mito personal. Extraño contacto del futuro menos pensado con el pasado más asentado. La peste, las epidemias y pandemias, alcanzan con la velocidad del rayo está lógica: unen lo incierto del devenir con lo más ancestral.



     A propósito, la epidemiología más esclarecida pareciera decirnos, por ejemplo, a través de Neil Morris Ferguson del Imperial College de Londres, que el tratamiento de esta epidemia deberá ser tratada con el manejo preciso del tiempo, del tiempo social. Ni detenimiento total ni dejarlo fluir. Aperturas y cierres del mismo como un abanico, plenitud de aire social y luego cierre firme. Actividad económica en espasmos, como una tos. (La tos está de moda, resurge La dama de las camelias, también entre los que no tienen coronavirus.) Cuarentenas que se abrirán y cerraran según la cantidad de casos que vayan apareciendo y la posibilidad sanitaria de sostenerlos. Un ciclo de cierre, y luego de actividad social y colectiva, un intermitente, absolutamente inédito, pareciera estar entrando en la subjetividad.



      Ni detenimiento del planeta, ni congelamiento definitivo, ni fin de mundo, ni nuevo mundo, ni caída del capitalismo, ni avance de las derechas y los totalitarismos, ni caída de un imperio ni surgimiento de uno nuevo, ni niños que quedarán condenados a llegar a viejos solo interactuando con pantallas, ni sensacionalismos, nada de eso, será otra cosa, ¿qué? Por ahora, lo empírico a asimilar es un cambio de ritmo. Bailar distinto. Freno de la actividad social, posible apertura, nuevo freno si quedaron  casos no contenidos.



      Mientras los matemáticos en biología, los epidemiólogos y los científicos sociales, fabrican nuevo modelos racionales (alguna de estas producciones es seguro que funcionará, muchas se desecharán), para asimilar el nuevo fenómeno de la manera menos deletérea posible, la mayoría de los seres humanos responden a las nuevas pestes con su mito personal. Igual este es un puro tapón.


      Fantasma, andate.



    Se teme el aislamiento social, mucho, conlleva un interrogante; para limitarlo se tose en los medios de comunicación de manera compulsiva. Se expresan miedos, chistes, recetas de vida por doquier. La comunicación estalla, es invasiva, no deja un segundo libre. Saca el aire. Asfixia. Igual que el virus hay algo que debe ser evitado, cómo sea, cualquier medio es pertinente, es una pregunta: “¿qué soy?”    
 
 
Diego López de Gomara nació en Buenos Aires. Es médico psiquiatra y psicoanalista, entre otros libros publicó las novelas Patria paria y La mujer escrita.
 
 
 
 


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