REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
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La banda renuente


#CORONAVIRUS

Segundo día de cuarentena. Saco a pasear a Fiesta, mi perra. Lo de paseo, por una vez, responde al ritmo que la palabra supuestamente evoca. Nada de esos apurones ni tironeos a los que yo solía someterla en los tiempos que ahora, por espanto frente a la pandemia, hay que suponer felices. Hoy, en cambio, no llego tarde a ningún lado. Fiesta se hace un festín, valga la cuasi redundancia: husmea en cada ángulo, en cada árbol, en cada huella, registra y merodea sin tener que saltearse ni agilizar nada. Me acuerdo de pronto de una frase que me dijo Caro Sborovsky un día que me acompañaba en uno de aquellos paseos muchas veces urgidos: no la hagas saltearse ninguno de esos olores, tenés que entender que para ella son su Facebook. Vuelvo a alegrarme ahora, en este instante, como cada vez que mi memoria registra alguna de esas tantas frases extraordinarias que me han dado los seres queridos, las amistades, las conversaciones. Así, tranquilas, desenfocadas, abiertas, digresivas, llegamos mi perra y yo a la esquina de Caseros y Bolívar. No cruzamos porque el semáforo está verde para que circulen los autos, pero los autos, en este caso solo dos, tampoco circulan porque delante de ellos hay un colectivo parado. Supongo, con una lógica que en cuarenta y ocho horas ya ha quedado atrasada, que está roto, que tuvo un desperfecto, que está esperando al service, pero no, el colectivo no avanza simplemente porque el conductor está atento a su celular, sentado, riéndose de lo que escribe, de lo que ve, o de lo que alguien le manda. Y ninguno de los dos autos que está atrás lo bocinea ni lo sobrepasa. Doy vuelta la cabeza para cerciorarme de que estoy viendo lo que hasta literalmente antes de ayer parecía imposible en Buenos Aires y sí, en efecto, la escena ocurre mientras el semáforo sigue en verde y el tráfico no se mueve. Soy feliz, por un momento juro que soy feliz. Disculpen. En estos días parece haberse vuelto más intolerable que nunca la felicidad de los otros. Es por un momento, nada más. Más bien un instante. Miro otra vez al conductor del colectivo, me contagio de su risa, y pienso en la revancha que la escena supone frente a la cantidad de veces que habrá tenido que soportar la mirada severa del inspector por esos minutos de más, y a la vez pienso en el inspector, también supeditado a planillas desquiciantes y a charlas cínicas sobre la eficiencia, sobre la necesidad de adueñarse de su trabajo, y por ese instante, decía, suponiendo esas revanchas, soy feliz, lo soy incluso durante una cuadra más y hasta llego a pensar que tiene razón Zizek cuando dice que de esta pandemia saldremos liberados, testigos rutilantes de la derrota final del capitalismo que estaba succionando nuestras vidas, constructores colectivos de una sociedad más solidaria.


          Pero entonces, al final de esa misma cuadra, vaya a saber por qué, tal vez porque ahí reemprendo ya la vuelta del paseo, del paseo que Fiesta me concede en estos días, justo cuando ella demora su festín entre los efluvios de un cantero aparentemente plagado de mensajes de sus amigos cuadrúpedos, aquella frase de Caro Sborovsky hace una pirueta en el aire y toma otro matiz. Cambian las condiciones de enunciación, cambian los sentidos de lectura, ya nos lo demostró Pierre Menard, y entonces lo que era metáfora se vuelve literal: miro al cantero como si por un segundo también para mí fuera una red social, y de ahí salto a una metonimia oracular que no augura nada bueno. Allí donde había naturaleza, me digo, aunque fuera naturaleza acotada a los centímetros cercados de un cantero, habrá red social. Y mientras sigo volviendo lenta, digresiva, pero ahora cabizbaja, no puedo evitar que el oráculo desgrane otras frases, imparables. Allí donde había una ciudad para caminar, me dice, habrá patrullas policiales y, si esto sigue así, militares. Allí donde había una comunidad de amigos que nos estábamos animando a armar una red barrial de intercambios de comiditas caseras, de planes espontáneos de encuentros que desafiaban toda planilla y toda eficiencia, que nos estábamos animando a quedarnos juntos aun cuando se nos hubiesen agotado las frases geniales del día, aun cuando no salieran a la luz nuestras mejores versiones, que nos estábamos animado a resucitar algo de aquella Comunidad Amorosa que proponía Émile Armand, aquella de la que hablaban tantos otros utopistas, tantos otros ácratas que ya fueron vencidos por la fuerza arrasadora del capital y de sus cómplices temáticos en el otro principio de siglo, el veinte, allí donde había todo eso, habrá solamente plataformas digitales. Ni conversaciones cuerpo a cuerpo ni emociones cuerpo a cuerpo ni barrios nuevos para descubrir en alguna caminata intempestiva ni, fundamentalmente, ninguna fantasía de un afuera del mundo digital, ninguna fantasía de sociabilidad fuera de las redes, y mucho menos de ejercicios de resistencia en el modo de habitarlas.


         Asumámoslo. Asumamos que estos días han sido un golpe extra para quienes hasta ahora hemos tenido una militancia en la renuencia al universo virtual, para la banda renuente digamos, para quienes no olvidamos ni por un segundo que, así de simpáticas y serviciales como parecen, Microsoft, Facebook, Twitter, Instagram, Netflix, Youtube, Google y las que les siguen y las que les sigan son básicamente corporaciones privadas que en muchos casos funcionan como extractoras de datos que nos tienen trabajando gratis cuando no también alegremente para ellas. Ahora la vida será virtual o será nada. Sabíamos ya que no había un afuera del universo digital, pero ahora ese estado de las cosas dio un paso más allá en su voluntad de cercarnos. Ahora nos tiene a todos y a todas temblando porque no se corte el cable de Las Toninas, por hablar solo de lo que pasa por estas pampas. Y temblar puede ser muy lindo en algunas circunstancias pero, ya lo sabemos, debilita el ejercicio crítico. Y todo indica que, aunque sobrevivamos a esta pandemia y retomemos vaya a saber qué, este paso adelante de la tecnología en nuestros intercambios, en nuestros movimientos, en nuestra psiquis, llegó para quedarse. Tendremos que aprender a imaginarnos un bosque frondoso a partir de un cantero de la vereda o darnos por vencidos y deponer esos restos de vitalidad que ahora pasarán a ser otro dato más, otro cliente más.



María Sonia Cristoff nació en Trelew y reside en Buenos Aires. Publicó, entre otros libros, las novelas Inclúyanme afuera (Mardulce) y Mal de época (Mardulce).


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