REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
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El fin del mundo que no fue


#CORONAVIRUS

Una escena alegórica que el COVID-19 ha cristalizado en el reino neoliberal llamado Chile, sucedió el fin de semana reciente. Hordas de cuicos, chetos o fresas, tomaron sus vehículos para acudir en virtual caravana hacia poblados del litoral, hacia la playa. Al igual que en Italia, España o Argentina, el sector acomodado de la población chilena tradujo en sus cerebros cuarentena por vacaciones. Y no fue la policía o los militares quienes frenaron el ingreso de aquél virus. Los propios habitantes de balnearios, como Algarrobo, acompañados del mismísimo alcalde, se atrincheraron en la entrada de la ciudad, prendieron fuego a enormes barricadas y premunidos de palos aguardaron sin miedo a los propietarios de las viviendas de veraneo. Resultado: nadie entró.


        Esta escena sintetiza el Chile tras el estallido. No existe pacto social, la dialéctica de clases es la verdadera levadura de nuestro pan cotidiano; y Sebastián Piñera tiene menos aprobación que los grados alcohólicos de una cerveza pilsener: 5%. Cómo confiar, entonces, en el único gobierno que en vez de decretar la cuarentena obligatoria, congelar los precios del alcohol gel o brindar mascarillas a sus ciudadanos, prefiere decretar toque de queda para que los militares salgan a la calle. Cómo apoyar a un presidente que ha negado la violación sistemática de derechos humanos, constatada, incluso, por informes de Naciones Unidas o Human Rights Watch. Cómo sentir resguardo si la policía, Carabineros de Chile, han sido el emblema de los más de treinta asesinatos, cientos de torturas y violaciones los últimos meses.


       Es de lo único que se habla durante las video-llamadas con amigos, cuyo formato comienza a normalizarse. La misma noche en que los chetos, fresas o cuicos iban en masa hacia la playa, junto a mi pareja figurábamos tomando vino frente al laptop en el marco de un encuentro virtual que organizamos con amigos. Sorpresa: logramos reírnos. Olvidar un rato la angustia que suscita el encierro, porque como decía Pascal, la infelicidad humana se basa en una sola cosa: somos incapaces de permanecer quietos en nuestra habitación. Y nosotros, privilegiados que podemos tele-trabajar y el resto del día activar las zonas más perversas de nuestro ocio, cuando sentimos miedo no es precisamente a la muerte (como sugería hace unos días el ya insoportable Vargas Llosa), si no que esta pandemia reproduzca la violenta desigualdad económica y social que impera en Chile. A diferencia de lo que ordenan los manuales de sociología: el miedo no ha generado un sentimiento de unidad contra el enemigo externo, ha agudizado las diferencias. Si las condiciones prácticas para una virtual guerra civil estaban dadas, hoy la sugerencia de construir un muro entre el sector acomodado –donde habitan casi un tercio de los infectados del país– y el resto de Santiago, pasaron de un meme de Twitter a debates serios. Porque las primeras dos muertes no sucedieron en los barrios acomodados, sino en sectores periféricos. Y muchos de los poblados donde los cuicos, chetos o fresas partieron a veranear, están desprovistos de infraestructura médica para soportar la pandemia.  


       Es demasiado temprano para avizorar los cambios paradigmáticos que generará esta crisis sanitaria. Sabemos que las pandemias no extinguen al mundo. Y es fácil intuir que este coronavirus, solo tiene de nuevo el hecho de que habitamos cada vez más sobre-informados y conectados. Pero, sin dudas, abre interrogantes sobre nuestras configuraciones políticas y sociales. Sin ser en absoluto fan de Byung Chul Han, es evidente que tal como planteó en su columna, los países asiáticos que han interiorizado la vigilancia tecnológica estatal son los mejores capacitados para soportar crisis humanitarias. El imperativo del colectivo, totalitario o no, fomenta la razón y evita la paranoia capitalista que suele generar individualismos del tipo: aprovecharé la cuarentena para irme de vacaciones. Las redes sociales han contribuido efectivamente a masificar la información y denunciar la violencia. Pero como sugiere Marta Peirano en su crucial El enemigo conoce el sistema, la segmentación algorítmica solo ha contribuido en occidente a extremar las posturas de los ciudadanos. Y hay para todos los gustos: a) el coronavirus es un arma China para conquistar el mundo; b) el coronavirus es un arma de USA para conquistar el mundo, lo dice Chomsky; c) el coronavirus no existe; d) el coronavirus es el mesías. Debemos algún día preguntarnos de qué sirve tanta hermosa Wikipedia si cualquier meme de Instagram configura realidades más ridículas y abyectas.


       Por otra parte, se ha develado que los poderes locales son los que más injerencia y sentido común han tenido en esta crisis. En muchos países los supuestos líderes del Estado-Nación han quedado en ridículo. La ciudad se vuelve comuna, la comuna villa, la villa caseríos. Un amigo periodista me comentaba que en su edificio, decidieron vía grupos de WhatsApp, hacer una suerte de comunidad autónoma: restringir visitas, turnarse las tareas, compartir mercadería, etcétera. La gobernabilidad, en crisis tan sutiles como esta, es una mordaza. Quizá el modelo de Estado-Nación, que tanto en Europa como América Latina venía en crisis, termine por resquebrajarse. También la economía globalizada. Lo que prima es el retorno a la primera escena: un pueblo premunido de fuego y palos para evitar el contagio traído por otros, unos privilegiados en este caso.


     De lo que sí podemos estar seguros es que esta pandemia ha demostrado que todas las películas hollywoodenses sobre el fin del mundo, de raigambre griffithiniana, son un espectáculo absurdo. No habrá alienígenas aterrizando en la Torre Eiffel. Tampoco grupos de científicos de todos los continentes –tipo Benetton– desarrollando al unísono una vacuna. El fin del mundo, en materia fílmica, va por otro carril. Se parecerá a la primera escena de la magistral El tiempo del lobo de Haneke. Una perfecta familia francesa va en un vehículo rumbo a su cabaña de campo. Al llegar, bajan los víveres e ingresan felices. Adentro, otra familia de inmigrantes, los recibe con una escopeta. Les piden los bebestibles, matan al padre y echan a la madre con los dos hijos. Nunca queda tan claro qué ha ocurrido. Solo se sabe que el agua ha infectado los animales y que los países del mundo, al unísono, se derrumban. Las fronteras se cierran, los caudillos resurgen. Tras mucho peregrinar la madre, junto a sus dos hijos, termina viviendo en una rara comunidad, emplazada sobre una vieja estación ferroviaria. Y allí se quedan. Esperando. Esperando, ilusos, el día en que vuelva a pasar el tren.



Guido Arroyo
nació en Valdivia y vive en Santiago de Chile. Dirige la editorial Alquimia y publicó los poemas Naturaleza muerta.


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