REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
NÚMEROS ANTERIORES
Coronavirus: los colores del tiempo


#CORONAVIRUS

Mientras todo París se preparaba para la fiebre del confinamiento anunciado, yo volvía caminando de la casa de mis padres, a unos minutos de la mía. A lo lejos, tomando la bella avenida Trudaine, donde florecía como siempre el primer árbol de la primavera, percibí un pequeño puesto atendido por el dueño de mi bar-restaurante favorito, que estaba cerrando como todos los cafés y restaurantes de París. Vendía a quien lo quisiera, a un precio irrisorio, los alimentos que le sobraban de su restaurante, inutilizables de ahora en más. Mientras dudaba entre ensalada romana, puerro y ravioles a la provenzal, me di cuenta de que no tenía una bolsa donde llevarlos. Le dije al dueño, entre risas, que habría que hacer como hacían en la Unión Soviética: salir siempre con una bolsita por las dudas… Ese “por las dudas”, tan abstracto para mí, hija privilegiada de Europa occidental, donde la abundancia es ley, volvía al racionamiento un viejo recuerdo heredado de la época de la guerra.


          Viejos recuerdos, justamente: al día siguiente paseaba por mi barrio, cada vez más desierto. Unas cuadras por Montmartre, rápido, antes de volver a encerrarme. Tomé una calle al azar y de golpe me encontré en plena guerra: negocios, autos, afiches en las paredes a la gloria del Maréchal Pétain, aviso del censo a los judíos: todo tenía los colores de 1942. Tardé unos minutos en darme cuenta de que se trataba de la escenografía de una película cuyo rodaje había sido brutalmente interrumpido… volví a mi departamento, el mismo en que mis abuelos vivieron durante la guerra, y mientras esperamos ansiosamente que se declare oficialmente el confinamiento, varios amigos me llamaron para saber si yo también iba a refugiarme a la campiña, como ellos pensaban hacer. Las salidas de París estaban embotelladas, los trenes también, era un verdadero éxodo, pariente lejano del de junio de 1940, cuando toda Francia huía ante el avance de las tropas alemanas. Para mí, que no dejo de ir y venir, al soñar, al escribir, entre esas épocas; es como si todo ese ida y vuelta permanente, que pertenece a la esfera de lo íntimo, de la sensación, se volviera de golpe colectivo. Como si los colores del tiempo, que tanto me gusta explorar, se materializaran “de verdad”, a la vez en esta ciudad, de la que no dejo de explorar los diferentes estratos, y, más o menos inconscientemente, en la mente de mis compatriotas.


          Por supuesto que no se trata de reducir toda la fuerza del presente y la excepcionalidad de lo que estamos viviendo a simples analogías fáciles con el pasado, sino de observar, de alguna manera “in vitro”, cómo los tiempos pasados infunden, irrigan, a la manera de una materia orgánica, lo que percibimos e interpretamos de la crisis. Y creo que eso, esa continuidad entre “los que nos han precedido” y “los que los seguirán”, como escribió Walter Benjamin, permite luchar, sobrevivir pese a la dureza de los tiempos –otros pasaron por eso, otros ya pasarán–. Somos a la vez herederos y ancestros en esos colores del tiempo de la vida que recomienza sin cesar.

Traducción de Luciana Bata.



Ruth Sylberman
es documentalista y escritora francesa. Publicó la novela La dirección del ausente (Mardulce).


OTRAS NOTAS DE ESTE NÚMERO
Diario de una guerra desde el sillón con café
Ariana Harwicz
Tallahassee
Pablo Maurette
Madrid está callada
Mercedes Cebrián
La banda renuente
María Sonia Cristoff
Epidemia
Juan Zorraquín
El fin del mundo que no fue
Guido Arroyo
Una pregunta
Diego López de Gomara
Coronavirus: los colores del tiempo
Ruth Zylberman
Antes de la peste
Mariano Pérez Carrasco