REVISTA DE MARDULCE EDITORA
MARZO 2020 NÚMERO 09
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Antes de la peste


#CORONAVIRUS

Lo que voy a decir es tan asombroso de oír que si los ojos de muchos y los míos no lo hubiesen visto apenas me atrevería a creerlo.[1]

        Así comienza a describir Boccaccio los efectos sociales de la peste de 1348 en un texto que muchos han recordado en estos días. El Decameron cuenta cómo un grupo de jóvenes procura reconstruir en sus vidas el orden que se había quebrado por causa de la peste. Para un lector contemporáneo esas páginas resultan especialmente estimulantes, por un motivo acaso inesperado: los hábitos que Boccaccio describe como producto del desorden introducido por la peste –disolución de los lazos familiares, abandono de los ritos funerarios, descuido de la ley divina y de la humana, abundancia de comportamientos deshonestos e inmorales– se corresponden en buena medida con los hábitos que caracterizaban ya la vida normal de nuestras sociedades antes de la peste. Todo sucede como si la excepcionalidad de la peste fuese el estado normal de las sociedades contemporáneas. Y todavía más interesante es que lo que Boccaccio presenta como el modelo del buen orden social –la vida casta y honesta, regulada por el tiempo litúrgico y conducida bajo el signo de la razón, es decir, la vida que lleva la pequeña comunidad cuasi monástica que narra los cien cuentos en que consiste la obra– se aparece a nuestros ojos no ya como un orden deseable, sino como una suerte de distopía del pasado, de un pasado que –insisten los mitos fundacionales de nuestra cultura– luego de muchas y extenuantes luchas ha sido posible superar.

     
       Desde el punto de vista simbólico, la peste comienza con una transgresión del orden natural, esto es, con la disolución del límite entre lo animal y lo humano. Boccaccio dice haber visto dos cerdos que murieron al haber tropezado con los harapos de un hombre apestado. También en la narración de la peste actual hay una situación de promiscuidad entre animales y hombres: la sopa de murciélago crudo que habría comido un chino en Wuhan. La disolución del límite entre bestias y humanos aparece como el símbolo del caos que acabaría volviendo la vida imposible. Se trata de una promiscuidad –una mezcla, una confusión– que marca el inicio de la disolución del sentido porque señala la ruptura del orden natural, esto es, la unión de lo que debe permanecer separado.


         Boccaccio describe cuatro actitudes que en principio se tomaron frente a la peste: quienes vivían moderadamente, apartados de los demás; quienes se reían y burlaban de lo que sucedía, bebiendo en exceso, y adoptaban un «comportamiento bestial»[2]; otros seguían una vía intermedia entre las dos anteriores; por último, algunos elegían escapar, «como si la ira de Dios para castigar las iniquidades de los hombres con aquella pestilencia no fuese a caer donde estuviesen»[3]. Pero esas actitudes rápidamente se muestran ineficaces: todos, indistintamente, morían. Entonces se profundiza la ruptura de los lazos sociales. Los padres evitan visitar a los hijos, desconociendo el más íntimo vínculo natural. Los funerales y el luto son descuidados. Se extendió también, narra Boccaccio, «un hábito jamás antes oído»: las señoras, incluso jóvenes, nobles y hermosas, si enfermaban, aceptaban «tener a su servicio a un hombre […], y enseñarle sin vergüenza alguna todas las partes de su cuerpo igual que habrían hecho con una mujer […]»;[4] lo que produjo, pasada la peste, una ulterior mella en las costumbres: «y a las que se curaron tal vez esto las hizo ser menos honestas en lo sucesivo»[5].


        La peste, en suma, produce una inversión de los valores: «entre los que quedaban vivos surgieron hábitos contrarios a las costumbres primitivas de los ciudadanos»[6]. No sólo «las gentes morían sin tener muchas mujeres alrededor» –función exclusiva de las mujeres en nuestra civilización ha sido presidir los ritos de ingreso y egreso de esta vida, por eso hasta hace muy poco era tabú que el hombre presenciase el parto, y eran las mujeres las que se reunían en torno al féretro, mientras los hombres esperaban fuera; en ambos casos se repite el mismo patrón simbólico: la mujer ordena lo que sucede dentro, mientras el hombre mantiene el peligro fuera–, sino que muchos morían completamente solos. Esa soledad en la muerte resulta particularmente contraria al orden natural, como lo sería la soledad en el parto. En lugar de llantos y lágrimas, la muerte comenzó a ser acompañada por risas y bromas, e incluso «las mujeres, olvidando en gran parte la compasión femenina, se habían aprendido muy bien esta costumbre en beneficio propio»[7]. El abandono de los ritos funerarios es otro signo de que se han disuelto las diferencias entre animales y hombres: «morían no como hombres sino casi como bestias»[8].


         El vínculo entre la peste y el cambio social fue evocado el 16 de marzo pasado por el presidente de Francia: «Muchas certezas, muchas convicciones serán barridas, serán puestas en duda. Muchas cosas que pensábamos imposibles sucederán».[9] Pero nosotros no podemos tomar como modelos las pestes anteriores, porque el orden social ya había sido modificado con anterioridad al advenimiento del virus. La antigua excepción de la peste es hoy nuestra normalidad. Los ritos de ingreso y egreso de la vida ya han sido abandonados, o se les ha quitado todo valor simbólico y toda sacralidad. La muerte solitaria no resulta sorprendente, como tampoco el parto en soledad. La disolución de la familia precede a la actual peste. La vida de nuestra sociedad –por primera vez en la historia– no gira en torno al culto divino. La comunidad ya se encontraba disgregada antes de que esta crisis tuviese lugar. Es como si todo lo que tradicionalmente era visto como deseable, porque se creía que conducía a la felicidad –Boccaccio insiste especialmente en la vida casta y en el respeto a la ley divina y a las normas de la racionalidad (il segno della ragione[10])– hubiese sido visto en las últimas décadas como aquello que debía ser abandonado y sustituido por las leyes únicas de una abstracta libertad que consiste en seguir siempre y sólo el propio deseo y una indistinta igualdad que condena toda distinción natural –incluso la distinción entre bestias y humanos– como símbolo de una presunta injusticia. Antiguamente, la peste sustituía la ley por la fuerza. El puro poder –la afirmación de la vida sin más– ha reemplazado ya, en nuestras sociedades, a la razón, al bien, a la belleza, a la verdad (que son vistos como meros “efectos del poder”), y a todo lo que quienes nos han precedido consideraban sagrado. La muerte se ha vuelto risible porque la vida sin más –clausurada en la inmanencia– se ha vuelto demasiado seria. De todo se puede reír, excepto de la pura afirmación de la vida por la vida misma, es decir, el deseo sin más horizonte que sí mismo, la libertad que girando sobre sí nada afirma, la vida sin más –la vida cerrada– que todo lo iguala. Por eso, todo sucede como si hubiésemos vivido ya los efectos de la peste. Queda por ver –pero nadie, sua sponte, es capaz de predecir el futuro– qué es lo que esta peste nos puede deparar.


Mariano Pérez Carrasco es docente, investigador de Filosofía y Literatura Italiana del Medioevo y del Renacimiento. Trabaja en el Conicet. Entre otros libros publicó Las paradojas de la novedad.




[1] Giovanni Boccaccio, Decamerón, Edición y traducción de M. Hernández Esteban, Altaya, Barcelona, 1995, Introducción a la Primera Jornada, §16. Para el texto original, G. Boccaccio, Decameron, A cura di A. Quondam, M. Fiorilla e G. Alfano, BUR, Milano, 2018.
[2] G. Boccaccio, Decamerón, Introducción a la Primera Jornada, §22.
[3] Ib., §25.
[4] Ib. §29.
[5] Ib.
[6] Ib., §30.
[7] Ib., §34.
[8] Ib., §43.
[9] Allocution d’Emmanuel Macron sur le coronavirus Covid-19 en France, cit. 20:16’ ss. (https://www.youtube.com/watch?v=u74flIA_bFM).
[10] G. Boccaccio, Decamerón, cit., §65.




 

 


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