REVISTA DE MARDULCE EDITORA
ABRIL 2020 NÚMERO
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Una temporada en el campo


#CORONAVIRUS

El coronavirus plantea graves dificultades categoriales. ¿Es una pandemia? ¿Una guerra global por otros medios? ¿Una crisis económica? ¿El advenimiento del cambio climático o su evitación? ¿Un retiro masivo de inversiones de las bolsas de todo el mundo? ¿El reconocimiento de los líderes -jefes- globales de que no da para más? Seguramente todo eso junto converge. Pero es más también. COVID-19 es siempre más. Pareciera ser todo, en este momento, lo único que existe, existirá y podría volver a existir –nos advierten– mutado de infinitas formas. Es también la única causa que tendrá consecuencias –ya previstas, preanunciadas– de las que lo único que se sabe es que serán nefastas, lo nefastas que tengan que ser (mirada pesimista), lo menos nefastas que puedan ser (mirada contenedora). Pero, de todos modos, es el gran terror infantil, la infinita posibilidad porcentual –por baja que sea– y el double bind perfecto. Es que un virus se viralizó, reduplicó su poder real: crece exponencialmente, a toda costa, aumenta su valor. Nos confiere una responsabilidad absoluta e insignificante a la vez.


      Se usan nuevas expresiones –en el momento de pedir, recomendar, exigir o forzar la reclusión, cuestión de grados, algo se está ajustando– como “aislamiento social" y "contagio comunitario", dos contrasentidos. ¿Por qué el aislamiento es "social", y el contagio, "comunitario"? Bien podría ser al revés: "aislamiento comunitario" y "contagio social". O, también, ¿por qué unir dos términos que no lo requieren? Alcanza con "aislamiento" y también alcanza con "contagio". Es la paradoja hecha norma.


     Coronavirus
, además, como las marcas, se dice igual en todas las lenguas y, como a los mercados, se lo sigue minuto a minuto. Se dice que "ya llegará" a tal localidad o país o que "aún no llegó". ¿Qué quiere decir eso? ¿Tendría que haber venido y no vino? ¿No tendría que venir y vino? ¿La pandemia nos incluye o nos excluye? No se habla ya de las bolsas del mundo, que se desplomaron, se volvieron a desplomar y ya no parecen tener sentido  –en tanto se fueron o las quitaron del radar, su sentido está suspendido– pero siguen asentando números. ¿Quién pagará?


   En el centro de Buenos Aires, al día de hoy (31 de marzo, 25 muertos declarados, anuncio de cuarentena hasta el 15 de abril –en suspenso) se ve bastante actividad. Gente caminando que va a trabajar, policías, gente paseando a sus perros, algunos culposos y circunspectos, otros más relajados. El kiosco de la esquina sigue abierto –24 horas–, el supermercado chino también. Se ven personas con la mirada abstraída, sentadas en un banco de la Avenida de Mayo, tal vez esperando que venga la policía a mandarlos a sus casas, pero la policía está a cincuenta metros y no lo hace. ¿Piedad? ¿No es necesario? ¿No vale la pena? ¿No tienen casa?


     La gente se cruza por la calle y, si puede, si hay una cierta empatía mínima, hace una breve señal de reconocimiento, se mira con vergüenza a los ojos, se reconoce en la excepción. No se ignora, se registra. Se da una breve situación de igualdad. Tal vez no seamos tan hobbesianos como quieren hacernos creer.
Queda la ventana. Las tórtolas, que se veían caminando por las cornisas y terrazas cercanas, no están más. Parece haber otros pájaros: canta un bichofeo, pasan los loros migrando sobre la ciudad. Tal vez lo que ocurra es que al no haber casi ruido de tránsito, uno los escucha más, lo que hace que cualquier evento se vuelva importante en esta situación: toda percepción es minuto a minuto. Como los ladridos de los perros. ¿Cada cuánto ladra un perro cuando está solo? ¿Y a qué le ladra? ¿Cada cuánto pasa un helicóptero? ¿A dónde va? Estamos todos infectados, ¿o no? El orden de las cosas y los afectos tiene que seguir. Tal vez, luego, nos digan o nos enteremos de que no ha sido para tanto, que ya pasó. Con suerte, habrá sido el fantasma más perfecto hasta el momento: el más evanescente y persuasivo.


 
Diego Sasturain nació en Buenos Aires. Publicó, entre otros libros, las novelas El tridente y Un episodio confuso (Mardulce).


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