REVISTA DE MARDULCE EDITORA
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Léase con mascarilla


#CORONAVIRUS

                                                                            En mis noches de insomnio
                                                                            fumigo la vivienda.
                                                                            Ingeborg Bachman
 

      Ocurre que le han pedido un texto que roce o aborde desde alguna de sus articulaciones las circunstancias del presente inmediato, la invitan a alguna concreción desde su puesto de vida en el centro de Madrid relacionada con ese componente invisible, microenemigo indetectable y letal, primero conocido por COVID-19 y luego coronavirus.


Ocurre un presente con protocolo de la OMS, mascarilla y distancia mínima de un metro y medio entre personas. Preferencia a mayores de sesenta y cinco. Por favor sitúese donde indica la línea roja. Ocurre lo de China, lo de Corea, lo de Italia. Los países nórdicos, los primeros en diseñar su correspondiente plan pesticida. Es tan global como el turismo en extinción.


      Ocurre que la calle se acuesta, amanece y respira silenciosa y con mascarilla desde hace nueve días. Ocurren las muertes y las especulaciones de más.


Ocurre que los boletines de noticias de la radio y las actualizaciones de la prensa escrita empiezan por la estadística, el pico, la curva. Siguen especificaciones del estado de alarma, ser de riesgo, teléfonos asignados. Su faceta ácrata esquizoide por instantes la disocia de la realidad, le susurra que todo eso son adoctrinamientos, lo de quédate en casa ciudadanía solidaria, cuídate por tu propio bien y por el común, a quién le gustan las órdenes, a ver cuándo se abandonan los filtros buenistas y aprovechando la coyuntura se organiza el levantamiento social, gran motín que dé un vuelco nada novelesco a la realidad.


No se puede entrar al supermercado hablando por el móvil tan campantes, taponar el pasillo mientras se toquetean y examinan las fechas de caducidad de los productos. No se besa, abraza o golpea el hombro de quien justo pasaba por aquí, cuánto tiempo sin coincidir. Las personas se evitan por la calle con un raro gesto temeroso comprensivo. A las distancias cortas antes sobrevaloradas y publicitadas sustituyen miradas de reconocimiento, algo furtivas. Manos con guantes elásticos blanquecinos, azulados y morados apenas saludan con el desparpajo de los tiempos de multitudes, se refugian en bolsillos.


Ocurre que el BCE insufla dinero y otras instituciones bla y bla pero qué significa tanta numerología para una anciana ingresada y para su familia que tendrá que despedir a distancia sus cenizas, y qué significa para la vecindad, pisos de familias con menores que intentan hacerlo lo mejor posible pero ahora se añaden obstáculos, pierden empleos, encargos de autónomos si es el caso, en suma menos sueldos y mismo alquiler de momento. Desde la próxima semana el Ministerio de Educación emitirá clases por televisión y online.


Ocurre que faltaba de todo, personal, camas, UCIS, recortaron demasiada sanidad las tijeras neoliberales, ahora cómo se repara. Se autocritica la gestión tardía, la pelea del corral político prosigue pero la colaboración ciudadana, vuestra responsabilidad, insisten, como si les importaran tanto. Reconvertirán hoteles, dicen mientras siguen aumentando cifras de muertes, contagios, probabilidades de una calamidad mayor, el colapso de otra civilización que nunca sucede en dos días ni por un motivo. La catástrofe medioambiental ya estaba ahí, son profundas las raíces de la crisis del sistema que tanto practicó cierta ceguera.


Las personas que como ella y los suyos permanecen en sus pisos céntricos sin padecer demasiado, al menos por el momento, como si de unas vacaciones baratas en la miseria de los demás se tratara, aceptan toda suerte de bendiciones mediáticas mientras experimentan el obligado regreso a la lentitud y al dios de las pequeñas cosas, confinamiento que en su caso no es encierro gracias a las ventanas con vistas a las redes sociales que tanto pueden desorientar.


Se niega a engancharse al discurso esteticista que fotografía y postea calles y plazas vacías para recibir comentarios nostálgicos. Lo que ocurre está en otra parte, en las personas activas. Prefiere navegar hacia historias de quienes desempeñan tareas importantes como desinfectar el suelo de un ascensor del hospital de La Paz, empujar una camilla hasta el ascensor 11, sonreír por encima de la mascarilla a la anciana que se llama Emilia y acaso ya sepa que esta vez la muerte. Lee también sobre cajeras, reponedores de supermercados y otros comercios menores considerados de primera necesidad, y sus empleos y contratos que también recibieron el tijeretazo, lee sobre almacenes situados en naves, polígonos industriales que su imaginación de pronto desatada visualiza invadidos de los virus más letales del siglo veintiuno, la primera serie auténticamente real que tendrá varias temporadas.


Ocurre que en su zona de confort siguen bien. A las ocho de la tarde desde el primer día del estado de alarma se sale al balcón, se lanzan aplausos y vítores a una masa de personas desconocidas, empleadas que seguirán exponiéndose para paliar en lo posible el sufrimiento ajeno. Antes de los aplausos, como cada día, tres adolescentes telegestionan sus teletareas de teleinstituto mientras ven series y juegan con colegas en streaming. Nunca ha habido tanto silencio dentro y fuera de este piso casi transparente. Ocurre que tienen buena conexión, tantísimos dispositivos digitales propios de su época y condición, micros, auriculares, reproductores o ampliadores de las ondas wifi para que su potencia llegue hasta el último rincón, donde quizás un coronavirus que sobrevivió a la limpieza del sábado las reciba y disfrute. En su océano de microorganismos el corona surfea sobre las ondas, realiza piruetas asombrosas completamente ajeno al vértigo nuestro corazón mortal.



La ilustración que encabeza el artículo es obra de la autora.


Natalia Carrero es española. Entre otros libros publicó Una habitación impropia y Yo misma, supongo.


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