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Peter Pan puertas adentro


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      ¿Quién no vio garantizada su genialidad por la falta de tiempo? ¿Quién no le adjudicó a esta avaricia la responsabilidad de un genio no reconocido? ¿Quién no se dijo alguna vez, bajo siete llaves, que no terminaba de ser un genio por escasez de ocasiones? El tiempo –hasta ahora– nos venía haciendo un favor: si nos diera todas las horas del mundo, bastarían un par de días para demostrar lo contrario: el genio propio es un espejismo travieso en la ruta del desierto.


Pero hubo una vez en que llegó al fin el Momento de la Verdad. Y esa vez es ésta, estos largos días de guardar. Y uno apenas escribe, o muy de a ratos perdidos, o transcribe (para ir sobre seguro) viejos apuntes inespecíficos de apariencia lumínica. Y tampoco lee (de veras, vale decir), porque esa es otra promesa –otro mito– que cae: que uno no lee todo lo que quisiera por escasez de tiempo, margen, espacio. Y en medio de jornadas que parecen llanuras ralas y extensísimas, de pronto llega un día en que lo tiene todo. Y resulta que el farsante que uno sabe que es está acostumbrado a leer –incluso a vivir– en los intersticios, en los intervalos, de a ratos robados. No está preparado, en suma, para leer bien.


     Entonces sigue leyendo mal, salteado, distraído, aturdido por noticias atroces, noticias falsas, rumores antagónicos. Preferible embarcarse en aquél otro juramento incumplido: ordenar la biblioteca, limpiarla (en varios sentidos), para que al menos un ejercicio  práctico encubra un autoengaño teórico. Pero para seguir siendo fiel al dogma de la postergación, esgrime argumentos oportunistas ante terceros: no es buen momento para levantar polvo.


Entregado al mero paseo ocular, un hallazgo casual nos recuerda que la salida más efectiva para sortear de esta impostura ante la escritura, ante la lectura y ante el mismísimo presente, ante la neurosis autónoma y la inducida, como en otras ocasiones extremas, es entregarse a un pequeño paraíso momentáneo, un refugio simple y confiable: una lectura compartida con hijos (que procesan lo anormal, dicho sea de paso, con una velocidad sobrenatural), tirados en la alfombra de un dormitorio en un cuarto piso en Buenos Aires.  


En una novela, el personaje de un niño no parece terminarse en ese libro, se prolonga en otro, propio o ajeno (la fantasía de un lector). Excepto en una sola historia. Como tantas buenas ideas, la de Peter Pan esconde una falacia: no pocos chicos sueñan con ser adultos lo más rápido posible. Algo de eso intuyó el biógrafo de J.M. Barrie a propósito de la muerte temprana
–acaso suicidio– de uno de los hermanos Davies que lo inspiraron: “Es como si mucho después de haber escrito Peter Pan su verdadero significado se hubiera revelado: un desesperado intento por crecer que no puede producirse.” En verdad, el que desea regresar a la infancia es el adulto en estado razonablemente melancólico.


Peter Pan es una idea por la que daría un brazo más de un novelista profesional, y no –o no sólo– por las regalías cinematográficas. Los mejores Peter Pan ilustrados –por Arthur Rackham y Edward Ardizzone–, demuestran que la relación entre texto e imagen flotaba allí desde el inicio, una tensión delicadísima, con variantes gráficas opuestas e igualmente válidas. Contados plumines pudieron estar a la altura de la pluma de Barrie, suelta, ingenua e incisiva. La de Peter Pan es una idea tan simple que se creería que cualquiera podría haberla escrito, pero tenía que corresponderle, al igual que en otros amaneceres repentinos, a quien se le fuera la vida en el asunto (otro modo de decir que lo fácil no se puede aprender).


La notable biografía de Andrew Birkin –hermano de la actriz Jane Birkin– aporta una de las claves de Barrie: “mientras estaba en compañía de sus sobrinos, dejaba de ser un enigma para sí mismo”. Tragedias dickensianas asediaron su vida. Perdió un hermano de trece años cuando él tenía seis. Su madre se consoló pensando que si murió niño sería un niño para siempre. La semilla de Peter Pan tardaría treinta años en brotar. “Nada de lo que sucede después de que cumplimos doce años importa demasiado”, exageró Barrie, menos para patentar otra ocurrencia que para desatar un nudo de su garganta.


Tal vez recordando de oídas a Baudelaire, escribió: “¿Qué es el genio? El poder de volver a ser un niño a voluntad”. La infancia como una sombra que se independiza de su dueño –como le sucede a esa divinidad insolente llamada Pan–, que un espíritu caritativo pliega y guarda para restituírsela. Con su facilidad para el silogismo compulsivo, los peores seguidores del primer psicoanalista vienés destrozarían con el babero puesto una encantadora réplica de Peter –que las madres le parecen personas sobrevaloradas– aludiendo a que él era, precisamente, huérfano.

 
La obra de Barrie enseña –muestra– lo que es una voz, un narrador. Había nacido como un capítulo de otra historia y una pieza de teatro. Barrie persistió en esa pista, a la manera de un niño que juega a atarse para no poder escapar. Dio pie a una historia bibliográfica de las más accidentadas y deformantes que haya habido, como si de hecho el original hubiera sido una criatura feérica, inasible. A Peter Pan le sobra hilaridad, alucinación, ternura (no veo otra palabra). Un siglo más tarde, un lector pasa sus páginas como cuando crece casi noche a noche la velocidad con que un niño va aprendiendo a leer en voz alta.
 

Matías Serra Bradford nació en Buenos Aires. Publicó las novelas Manos verdes, La biblioteca ideal, El secreto entre los rusos y La guillotina (Mardulce) entre otros libros.


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