REVISTA DE MARDULCE EDITORA
ABRIL 2020 NÚMERO
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Aplanar las curvas (o el virus de lo real)


#CORONAVIRUS




Empiezo a escribir bajo este título para nada novedoso ni original; lo hago para hacer más evidente aún la premisa que venimos escuchando hace semanas con alarmante repetición: aplanar la curva, aplanar la curva. Pareciera que todos nuestros gestos y nuestras renuncias, nuestros hábitos y nuevas obsesiones cobran sentido solo si ponemos como norte este objetivo. No podemos vencer en el corto plazo, nos dicen, no hay victoria, solo dilación. Y en este entrenamiento marcial que nos han impuesto por nuestro bien y que hemos, los más, acatado, la realidad se ha vuelto tan fascinante que la atención se dispara, aturdida, hacia el afuera, hacia las noticias con sus datos crecientes, los mapas interactivos que en tiempo real muestran el vertiginoso crecimiento de los números de infectados, la cantidad de muertes, los recuperados, la cantidad de camas ocupadas o disponibles en las terapias intensivas, las caídas de los mercados, las pérdidas en el PBI.


     La realidad se ha vuelto numérica y frente a esa aceleración (paradojal en un mundo detenido) pareciera que la ficción se ha quedado miles de pasos atrás. No puede alcanzarla. Ha perdido interés. Gatea al lado de un tren bala. ¿Qué está pasando?, me pregunto. Nos han confinado a lo real. ¡Devuélvannos la posibilidad de ficción! Le temo a su falta casi más que a cualquier virus.


     Lo primero que pienso es que este arrebato tiene que ver con una fractura en la noción del tiempo. Hemos perdido la posibilidad de imaginar un futuro, la ciencia ficción y las distopías (reinos de lo venidero), están teniendo lugar en el presente. Y al no saber con qué mañana nos encontraremos, nos dejamos arrebatar la calma, indispensable para que podamos entregarnos a cualquier universo ficcional. Por más que quisiéramos encerrarnos en la torre de marfil, el COVID-19 entra a través de las rendijas de las puertas y ventanas, y el miedo y la angustia alcanzan la atalaya más alta. El aquietamiento interno, la distancia con el yo que necesita la lectura para que nos sumerjamos en el universo de otro es un ejercicio que hoy nos resulta ciclópeo. La realidad parece haber cambiado tanto en tan poco tiempo, que el pasado se muestra demasiado lejano para ser recordado y cede ante la primacía del presente. Sin ese juego de atrás para adelante, sin espacio para ese movimiento temporal, se hace difícil recrear el pasado o imaginar mundos posibles (desde siempre, temas inherentes a la literatura).  Sin tiempo, no hay historias.


     Y no solo la ficción, sino que el lenguaje se ha estrechado tanto que ha perdido resonancias. Un ejemplo tonto, pero gráfico: curva ya no nos hace pensar en crónicas de viaje ni road novels, en Kerouac o en Steinbeck, ni mucho menos en las implicancias eróticas de esa palabra, curva nos lleva, atados de pies y manos, al COVID-19. El lenguaje es el lenguaje de la urgencia, que ha cedido ante el bombardeo de gráficos, de noticias y de imágenes, que corren globalmente, instantáneas del peligro, y pese a que intentamos mantenerlas al margen, se cuelan en todo momento.


     Solo la noche, ese paréntesis, da cierto respiro lector. Las cifras duermen hasta el día siguiente, y es viable hacer de cuenta de que el mundo sigue igual. Las noches se parecen a sí mismas. La brisa entra sin riesgos, la bendición del silencio acalla hasta a los peores fantasmas. Leemos. Y, entonces, podemos imaginar.


     Pero si bien, la realidad, como Ugolino, se come a todos sus hijos, hay uno que resiste vigoroso, aún cuando llega el día. Resiste y crece, se multiplica, se intensifica: escribir es hoy plantar una bandera de resistencia. Es tratar de luchar con lo que a nosotros nos es posible en esta guerra. Escribir para buscar un sentido, para tratar de entender, para registrar, para hacer una marca en el tiempo, para no enfermar de realidad, para ampliar las fronteras del confinamiento, para salir de uno, para llegar a otros. Escribir para recordar, para soñar. Escribir para crear, para imaginar, pero, sobre todo, escribir para reconstruirnos. Para pensar quiénes queremos ser en lo individual y en lo colectivo una vez que se detengan los números.


   Hoy, mientras buscaba un material de lectura en mi computadora, encontré casualmente esta cita de Saramago: “Es que la gente nunca se da cuenta de que quien acaba una cosa nunca es aquel que la empezó, aunque ambos tengan nombre igual, que es solo eso lo que se mantiene constante, nada más.” (La muerte de Ricardo Reis)


     Escribir para darse cuenta, para perder las cuentas, para tachar y borrar. Animarse a lo nuevo, a lo no previsto. Quizás, en ese movimiento necesariamente cronológico y secuencial que es la escritura podemos reinventar el tiempo, recordar o concebir otros lenguajes, y con algo más de calma, retornar a la ficción. Y darle batalla al virus de lo real.


Paula Levallois nació en Buenos Aires. Es directora de Espacio Viernes, coordina talleres de lectura y escritura. Publicó sus cuentos en la antología El tejido del agua.


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