REVISTA DE MARDULCE EDITORA
ABRIL 2020 NÚMERO
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Tiempo fuera


#CORONAVIRUS

Veníamos hablando, tirados en la cama, del tiempo libre que íbamos a tener durante el aislamiento, tiempo libre en tanto no se tuviera en cuenta el trabajo pendiente, las tareas a distancia y los efectos colaterales del pluriempleo, autentico Tetris laboral para quienes ya enterraron el viejo sueño de un trabajo y un sueldo para pasar a convivir en ese puzzle de actividades y tiempos compartidos con los cuales armarse un sueldo a fin de mes, y que por lo tanto el tiempo libre, pequeño espejismo que otorgaba la cuarentena (por fin el encierro contra voluntad, por fin la cárcel kafkiana en la cual todos y cada uno de los proyectos pendientes iban a cumplirse), no sería del todo libre –nada menos libre que la dictadura de los cronómetros– sino que más bien se habían liberado ciertas zonas, como oasis temporales, donde hacer lo que quisiéramos, cuando descubrimos que no hay nada peor, al menos para nosotros dos, para esta especie de dupla de siameses y amantes, que volver a estar todo el día en casa.


     En rigor, ambos hemos vivido en cuarentena por años enteros. Trabajando desde nuestras casas, inventando formas siempre estériles de organizar el tiempo y el espacio (en mi caso el bed office fue uno de los puntos más alto del encuentro de dos pasiones: la pereza y estar en Babia) para terminar desconcertados, sin saber a ciencia cierta cuánto tiempo habíamos trabajo. Las expectativas por el uso del tiempo (ya no digamos libre sino propio o absuelto) se vuelven contra nosotros mismos de inmediato. Nada más cruel, nada más enloquecedor, que tener el tiempo entero, vaciado, ahí disponible como un arsenal para cumplir cada uno de los sueños postergados. El tiempo parece, de pronto, el único bien que cuanto más abunda más inútil se vuelve. Para un experto en perder el tiempo, en cultivar una improductividad dorada, redonda, imperfectible, tener esta mole de tiempo a disposición no hace más que quiera perderlo todo y de la mejor forma posible. Creo que sucede igual que con una fortuna heredada, lo único que se puede hacer es dilapidarla. Hace seis o siete años me operaron de urgencia en un hospital público, viejo y triste, una construcción racionalista diseñada para perderse. Cuando me dieron el alta, el médico a cargo, enfundado en un delantal verde agua, con su trato recio y amable a la vez –esa distancia aséptica que los médicos saben establecer–, me ordenó dos semanas de reposo y no terminó de anotar las indicaciones que ya estaba fantaseando con las lecturas de esos quince días. Hacía listas de libros y modificaba el orden en busca de un itinerario soñado. Primero leer este libro de quinientas páginas y después estos dos cortos. Mejor, al revés, arrancar con uno corto, ciento cincuenta páginas máximo, para tener la sensación de envión, de que liquido el primer libro rápido, y después internarme en la selva verbal de los diarios de X, o los poemas completos de Z (que nunca son completos, pero aún así tengo debilidad por las obras de los poetas reunidas en un solo volúmen) serían ideales para ésta ocasión, o el libro mil veces postergado de H debido a que nunca es el momento para leerlo –la última vez que me acerqué hacía mucho calor y preferí dejarlo intacto, hay libros que reclaman cierta estación del año, como un signo zodiacal pero en clave de lectura.


     En fin, no leí nada. Mejor dicho, eso que leí no podría haberse considerado lectura. Un puñado de páginas sueltas. Y ahora, en el tiempo suspendido de la cuarentena, con la pila de libros que me traje a la casa de ella (no pasar el aislamiento en mi departamento me da una impresión de extranjería rara, como si fuera un viaje cercano, limítrofe, de baja intensidad, pero en el que vivo en otras condiciones, a medio camino entre estar varado y estar en como imagino debe ser un retiro espiritual) tampoco leí ni hice nada de lo previsto en este par de días iniciales, que bien sirven como indicio general, como lucero de la debacle de rendimiento.


     Cualquier tarea o actividad inútil y menor, por caso jugar partidas rápidas de un minuto al ajedrez o escuchar los discos de cantantes españoles que coleccionaban mis padres en los setenta, se vuelven prácticas adictivas, brillantes, a las que estoy seguro podría dedicarme con una concentración y una ineficacia certeras, para luego de la cuarentena, de la pandemia, del aislamiento, del virus y el miedo, descubrir que regresamos más pobres, con una mejor clase de eso que a falta de una palabra mejor llamamos experiencia.
 
Leonardo Sabbatella nació en Buenos Aires. Publicó las novelas El modelo aéreo (Mardulce), El pez rojo (Mardulce) y Tipos móviles (Mardulce).


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