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#CORONAVIRUS




        Una línea de sol te da en el cachete. Las pelusas orbitan tu nariz, son el aire visible, bailan y entran y salen de tus huecos. Abrís los ojos como buscando y te sentás en la cama. Yo ya estoy despierta. Desde hace una semana sos el pulso de mis días. Debería decir que esto es así desde que naciste. Pero no. Fue así en un principio, cuando éramos un solo cuerpo. En el principio de tus días, eras un brote a la altura de mi costilla y yo te regué todo lo que pude, te regué hasta cuando no pude.


Abrís los ojos y marcás la mañana. Me decís vamos. Desde hace una semana sos principio y fin de todo. Debería decir que esto será así hasta que me muera. Pero no. O eso espero. Tomamos la leche. Jugamos a lo que querés. Dibujamos monstruos. Miramos tele. A veces te reís como un trueno. A veces te quedas callado, pensando. A veces decís que estás triste. Yo tengo triste, decís.
Es que la libertad se nos volvió algo tan chiquito. Era utopía, decisión política, arma de guerra, causa, aliento. Ahora es una nube, es la piel seca de sol y viento, es una cara desconocida. Para vos la libertad será la plaza.


Te propongo ir al tobogán del patio. Pataleás un poco, no querés el tobogán. Para vos la plaza es tanto más que un tobogán y hamacas y subibajas: es todos esos chicos que se agolpaban, te empujaban, te daban la mano, te sacaban un chiche y te prestaban otro, corrían como elefantitos en manada. A veces tenés ese pataleo controlado, cuidado, que me parte el alma. Pero por suerte a veces, también, querés romper todo y me hacés enojar y nos sentimos un poco libres.
A la tarde, después de merendar, nos agarra la nostalgia. Miramos fotos de cuándo: con primos, con amigos, con abuelas, con árboles. Todos los días te acordás de la torta que hicimos con las primas en tu cumpleaños: revolvimos así, ¿viste?, decís poniendo los brazos en trompo como si mezclaras dulce de leche y queso crema. A veces nombrás a la seño: estarás pensando también en los chicos del jardín.


Después nos bañamos. El baño marca otro tiempo. Nadás un poco, hacés burbujas. Y después cantamos y bailamos, tocamos todos los instrumentos. Siempre fuiste música. Pero estás cantando menos. Las primeras mañanas cantabas un show completo antes de tomar la leche. Hace un par de días que no lo hacés. Sé que todo va a volver. Mientras tanto te dibujo pentagramas, claves de sol y de fa, que son las únicas que sé. Mirá, una música, decís.
Después cenamos sin hambre, jugamos otro rato, leemos tres o cuatro cuentos y nos vamos a dormir.


Todas las noches desde hace una semana rezo para cualquier lado, no sé de dioses. Rezo como cuando recién habías nacido y pedía y pedía que no dejaras de respirar. Ahora eso lo doy por hecho, y no pido demasiado. No sé en realidad para qué rezo. Como si eso nos mantuviera con vida. Desde que naciste supe que estamos vivos por gracia divina, de una divinidad fuera de mi alcance y mi comprensión. Y quizás por eso rezo, porque no entiendo mucho de nada. De este encierro tampoco.


Apenas logro dormirme te siento como una sombra en el marco de la puerta. Venís a treparte a la cama. Te pongo en el medio para que no te caigas. Nunca me preocupó demasiado que te golpearas: nos pasaron tantas cosas que nunca les tuve miedo a los golpes. Ahora tampoco. El miedo pasa por otro lado. Ni siquiera es el virus el miedo. Es no tener adónde ir, no tener médicos o remedios que nos arreglen si nos rompemos un poquito por saltar arriba de la cama, por treparnos al sillón, por correr mojados después del baño. Y quizás rezo también por eso, para soltar por un ratito el miedo, para dejarlo en otras manos.


Te acurrucás en el hueco de mi axila, buscás mi pelo para enredar ahí los dedos, hacés sonar el chupete, ponés tus piernas entre las mías. Estarás pensando en todas las cosas que nadie te dice, en todo lo que no sabés preguntar, en todo lo que no te respondemos porque no sabemos cómo. Estarás buscando la raíz en mi costilla, los cimientos del brote que alguna vez fuiste. Será que querés anclarte de nuevo a mí. Pero no: yo te anclo, yo acurruco mi axila en tu mollera, envuelvo mi pelo con tus manitos, me enredo entre tus piernas.


Hasta que el sol y las pelusas y el mismo aire que late: entra y sale, entra y sale.

Natalia Rodríguez Simón nació en Buenos Aires. Publicó la nouvelle La vi mutar y la novela Era tan oscuro el monte (Mardulce).


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