REVISTA DE MARDULCE EDITORA
ABRIL 2020 NÚMERO
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Indeterminación y potencia


#CORONAVIRUS

     


     Diagnosis
. Maria Rita Gismondo, responsable de Microbiología Clínica, Virología y Diagnóstico del Hospital Sacco de Milán, invitaba inicialmente a conjurar el pánico: “Es poco más que una gripe”, decía. Ilaria Capua, Directora del One Health Center of Excellence de la Universidad de la Florida, la bautizó como un “síndrome símil-gripal”. Según Roberto Burioni, sin embargo, Titular de Microbiología y Virología en el San Raffaele de Milán, es de inconscientes equiparar el Coronavirus con una gripe: “Paragonar este virus con una gripe es como paragonar un petardo con una bomba de mano”. Para los especialistas, entonces, el Coronavirus es una símil-gripe que es poco más que una gripe pero que no es de hecho una gripe.


Prognosis
El escenario cambia de día en día, de hora en hora. Hoy, el viceministro Sileri: “El pico se alcanzará dentro de 7-10 días”, pero para el premier Conte ya ayer estábamos “en la fase más aguda, cercanos al pico”. Silvio Brusaferro, presidente del Istituto superiore di Sanità sostiene que “ya deberíamos haber pasado el pico”. Por otro lado, según los expertos tendría que haber sido el 25 de marzo, es decir, hace una semana, aunque 13 de marzo se lo esperaba para el 18, mientras algunos ya en aquel momento lo preveían para el 22. Luca Zaia, el gobernador de la región del Véneto, lo pronostica para el 15 de abril, es decir, en dos semanas; pero no, corrigen algunos: serán tres; pero no: al menos un mes, o mejor: no se sabe. El virólogo Massimo Galli concuerda con una nota del Istituto Superiore della Sanità: “No es posible hacer previsiones sobre el pico, la infección se difunde como una mancha de leopardo”. En consecuencia, es preciso esperar; proponer hipótesis es, por el momento inútil, o incluso “contraproducente”. El pico, concluimos nosotros, está en curso actualmente, ya ha pasado y pasará. ¿Cuándo? Difícil decirlo, y, para contentar a todos, estaríamos tentados de decir simplemente: siempre.


Mortalidad. La mortalidad global (al menos según los datos de la O.M.S. de mediados de marzo) es del 3,4%; en Lombardía, sin embargo, alcanza el 8,2%, mientras en Alemania no pasa de un tranquilizador 0,3%, dato que se explicaría por diversos factores: los alemanes hacen muchos más tests, pero también: registran los muertos de manera diferente, no contando entre los decesos por COVID-19 los casos que presentan otras patologías previas, es decir, la mayoría. En China, el porcentaje se establece entorno al 3%, pero algunas agencias de noticias confirman la noticia de que en tres meses han desaparecido cerca de veinte millones de usuarios telefónicos. Según el gobierno chino, los muertos en Wuhan serían ‘sólo’ 2.535, pero basándose en el número de urnas entregadas por las seis agencias funerarias de la ciudad, Radio Free Asia, emisora con sede en Washington, calcula que las víctimas son cerca de quince veces más: 42.000. Mors certa, vita incerta. Ni siquiera el antiguo proverbio vale ya en los tiempos del Coronavirus. Nada, en estos días, parece ser menos cierto y comprobable que la muerte.


Contagio. La O.M.S. y otras autoridades sanitarias han declarado que para prevenir el contagio es necesario mantener una distancia de seguridad de al menos un metro. Depende del llamado droplet, el espacio máximo que las gotitas de saliva infectadas son capaces de recorrer en el aire cuando se respira, se habla o se estornuda. Parece que, analizando el caso de un autobús lleno, un estudio chino publicado por el South China Morning Post (y luego, dicen, misteriosamente retirado) señaló contagios incluso a 4,5 metros de distancia. Muchos expertos, sin embargo, se mostraron escépticos, y parece que un metro y medio es más que suficiente. Pero no: un insigne diario señala con lacónica certeza el dato definitivo: “Desde el punto de vista científico, la medida de seguridad que se debe respetar para evitar con certeza el contagio de COVID-19 es de 1,82 metros”. El virus, entonces, se propaga en el aire bajo la forma de gotitas microscópicas hasta una distancia de un metro, un metro y medio, 1,82 y 4,5 metros.


Superficies. El prestigioso New England Journal of Medicine ha afirmado que el virus puede sobrevivir hasta 72 horas sobre plástico, 48 sobre el acero, 24 horas sobre cartón y 4 sobre el cobre. Pero según un estudio alemán, el virus resistiría sobre las superficies hasta nueve días. Nos enfrentamos, entonces, a un patógeno que puede permanecer sobre materiales externos por un intervalo de tiempo que varía de las dos horas a los nueve días. En todo caso, muchos precisan que la posibilidad de contagiarse entrando en contacto con una superficie infectada es muy baja o incluso nula.


SíntomasLos síntomas son la fiebre, alta pero no necesariamente, tos seca (o dolores musculares, congestión nasal, dolor de garganta), o incluso, en los casos más graves, dificultades respiratorias, pero también, a veces, diarrea y por fin problemas de olfato y gusto en un paciente sobre tres (o sobre cuatro, o sobre cinco). El 65% de los infectados es asintomático, dicen algunos, o presenta síntomas muy leves. Pero tal vez se trate sólo del 50%, o bien, según otros, del 75%. De acuerdo con una investigación publicada por el International Journal of Infectious Diseases, que consideraba 565 ciudadanos japoneses evacuados de Wuhan, el 31% presentaba síntomas muy leves o ningún síntoma.


Biología. El virus es un patógeno no bacteriano, definido como un parásito obligado que se reproduce exclusivamente al interno de las células de otros organismos. Los virus podrían ser ‘catalogados’ como vivientes porque poseen genes y evolucionan por selección natural; sin embargo, no tienen un metabolismo propio y no pueden reproducirse de manera autónoma, motivo por el cual muchos declaran que no pueden ser definidos como organismos vivientes. Concluimos, para dar la razón a todos, que también nuestro COVID-19, siendo un virus, es una entidad biológica viviente no-viviente acerca de la cual, para ser precisos, será necesario concluir que existe “en los márgenes de la vida” (Ed Rybicki).


FísicaEl virus es invisible a los ojos, imperceptible para nuestros órganos sensoriales. Está, pero no se ve. Cada vez que tocas algo, podría estar allí, aunque generalmente no está. Cada vez que hablas con alguien, aunque es improbable, es posible que lo tenga. Luego, si lo tiene, puede ser que lo transmita, pero también puede ser que no lo haga.


Desde que estalló la pandemia –Italia ha sido la primera en Europa– y fueron implementadas las medidas de urgencia para afrontar la emergencia, he alquilado un pequeño mono-ambiente frente a la Facultad de Letras, cuyas aulas me son tristemente inaccesibles porque, en el ‘estado de excepción’, las lecciones se llevan a cabo de forma telemática. Mi curso, este año, gira en torno a la obra maestra de Musil, El hombre sin cualidades. Siguiendo el texto, nos encontramos con el siguiente pasaje: “Un modo original de vivir sería aquel de quien tentase de una buena vez no comportarse como un individuo definido en un mundo definido […], sino más bien, desde el principio, intentar vivir como un hombre nacido para transformarse dentro de un mundo creado para transformarse, es decir, casi como una gota de agua dentro de una nube”.


MetafísicaLa gota de agua de la cual se habla es el droplet que transmite la infección. No un objeto definido y perfectamente identificable, sino una entidad estructuralmente imprecisable que existe solamente en el ‘estado gaseoso’. La Indeterminación es la cualidad primaria del Coronavirus, su modo de ser, el carácter fundamental de su quodditas, esto es, de su acto concreto. La primera y más esencial prestación ontológica del COVID-19 consiste en no ser determinable, y, por eso, en sustraerse a todo proceso científico de racionalización objetivante y a toda tentativa de representación cognitiva. Pensar el virus significa, entonces, pensar la ‘naturaleza’ de esta Indeterminación y, en consecuencia, la idea de que la realidad no es el producto de un evento o de un ente determinado y objetivo, sino que surge a partir de la acción de algo puramente indeterminado. Es a partir de esto Indeterminado –y sólo porque es en sí y por sí indeterminado– puede originarse una radical transformación de la realidad, o sea, su nueva reconfiguración. La fuerza del virus no se encuentra en su presunta letalidad, sino en su intrínseca, extraordinaria capacidad de sustraerse a toda tentativa de pensarlo y objetivarlo.


Lo que en mayor medida merece ser pensado en el virus es la simple evidencia por la cual ‘algo’ invisible (Física), no propiamente orgánico pero ni siquiera propiamente inorgánico (Biología), no distintamente identificable a partir de las patologías que causa (Síntomas), cuyo ambiente de supervivencia no es claro (Superficies), del que ni siquiera es evidente cómo actúa (Contagio), del que se desconoce el exacto índice de letalidad (Mortalidad), no son conocidos ni los tiempos de difusión (Prognosis) ni la exacta tipología epidemiológica (Diagnosis); lo que merece ser pensado es la evidencia por la cual una ‘entidad’ de este tipo, que se sustrae a cualquier tipo de determinación, produce efectos macroscópicos de impacto y relevancia globales.


El Coronavirus es un diferencial biopolítico: una entidad indeterminable e infinitesimal capaz de imponer macrotransformaciones decisivas y de vastísima escala sobre el plano global de los comportamientos sociales, económicos y políticos, sea colectivos o individuales.


¿En qué medida, entonces, la Indeterminación que lo caracteriza es directamente proporcional a su Potencia? ¿En qué medida, en fin, el hecho de que esta ‘entidad’ –indeterminada, invisible y ni siquiera propiamente viva– haya producido la más grande acción política de que la historia reciente tiene memoria vuelve completamente inservibles nuestras categorías políticas ordinarias, que presuponen un fundamento antrópico–individual o colectivo– de la acción, de la voluntad y de la decisión?


Traducido del italiano por Mariano Pérez Carrasco.


Marcello Barison
nació en Venecia. Es profesor de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Chicago. Ha dedicado algunos trabajos sobre las posibles convergencias entre praxis filosófica, arte y literatura contemporánea, entre ellos el volumen La costituzione metafisica del mondo  y los ensayos Eterotopie. Gropius–Heidegger–Scharoun y de próxima aparición en Mardulce En el umbral de la nada. Mark Rothko: la imagen más allá del espacio.
 


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