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El contagio del ejemplo, un motivo clásico


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        Cuando en 1553, en su The Garden of Eloquence, uno de los tratados más destacados del Renacimiento, el sacerdote y poeta Henry Peacham llamaba la atención sobre “la infección de los malos ejemplos” estaba elevando a una gramática moral un término que remite hoy naturalmente a los terrores médicos contemporáneos. Aquí la asociación de moral e infección no participaba de la siempre traída a colación reciprocidad entre castigo y enfermedad de la tradición bíblica sino, en cambio, a una más refinada y olvidada gramática moral clásica. Se trataba de la recuperación de una tradición de educación moral a través del ejemplo, una educación entendida como contagio en el sentido del “nada es contagioso como el ejemplo” (rien n'est si contagieux que l'exemple) de La Rochefoucauld.

La tradición del “contagio del ejemplo” conoció dos pilares firmes: el primero, la eficacia práctica del ejemplo tal como puede hallarse en la sexta carta de Séneca a Lucilio, "las formas de los preceptos son largos, mientras que el ejemplo es corto y efectivo " (quia longum iter est per praecepta, breve et efficax per exempla) y un segundo, el contagio como imitación de una conducta. Acuerda la tradición clásica que cuando se trata de líderes poderosos y su ejemplo es nefasto, el efecto infeccioso es devastador. En su Tratado sobre las leyes (De legibus), Cicerón presenta la idea de que, por el poder de su ejemplo, el líder de una nación puede infectar (infici solet tota civitas) o infundir en una ciudad (infundunt in civitatem) sus vicios o sus virtudes, incitando así a las multitudes a que los imiten (permulti imitatores principum existunt). Como tal, sostiene Cicerón, los líderes corruptos "hacen más daño con su ejemplo que con los crímenes que cometen".

Sin embargo, junto a su aspecto peligroso el contagio moral posee igualmente atributos virtuosos y como tal puede constituirse en una robusta pedagogía edificante. Así, menos prevenido del peligroso poder propalador de la imitación al que temía Platón, Aristóteles, en cambio, le otorgará a la imitación un expansivo poder contaminador de diseminar el buen ejemplo que llegó a constituirse en piedra angular de su ética: “Sin buenos ejemplos, no puede haber buenas imitaciones, y esto aplica en todos los ámbitos” (Aristóteles, Económicos 1345ª9).

La tradición del “buen ejemplo” y su poder de polución y contaminación virtuosa, sin embargo, no conoció la suerte de otras muchas éticas que prosperaron en la modernidad. Ingeniosamente Immanuel Kant en el §52 de la Metafísica de las Costumbres pudo darle su tiro de gracia y sellar su fin: “no digan nunca a un alumno travieso «¡toma ejemplo de ese buen muchacho (ordenado y aplicado)! Porque esto sólo le servirá como motivo para odiarle, ya que por su culpa queda en un lugar desfavorable. El buen ejemplo (la conducta ejemplar) no debe servir como modelo”. Pero, sobre todo, aquello que socavó la comprensión de la “contaminación ejemplar” propia de la idea moral clásica fue su identificación unilateral con la contaminación como contagio patológico. El destino de esta identificación comienza a jugarse, sobre todo, con las traducciones renacentistas de Plutarco en las que el término clave synanachrosis, utilizado originalmente como efecto negativo de la imitación de las malas conductas –en este caso de la ‘adulación’ a los poderosos, particularmente contagiosa– pasa, en cambio, a entenderse como infección en un sentido médico. De a poco, la pedagogía moral de la imitación y la contaminación del ejemplo cede su lugar al lenguaje de la pestilencia y la septicemia. 

En estos días, bajo el dominio generalizado del lenguaje del horror mimético al contagio, la rememoración del motivo clásico del contagio moral convenga quizás como un ejercicio de probable resistencia.  

 
Pablo Dreizik nació en Buenos Aires. Es investigador y docente en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires. Se dedica a cuestiones de ética e historia del pensamiento. Ha publicado numerosos ensayos en revistas especializadas y entre otros libros publicó Levinas y lo político.


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