REVISTA DE MARDULCE EDITORA
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Apuntes para bajar una escalera


#CORONAVIRUS




        El año pasado leí un libro extraordinario de Doris Lessing Memorias de una superviviente. Libro que me dejó tambaleando. Ahora, cuando salgo a hacer la compra diaria me siento una suerte de superviviente. Este es mi pequeño viaje de quince pisos que me separa de la calle en esta época de pandemia.


Delante de cada puerta cerrada aguardan los zapatos de sus habitantes. Hay quienes dejan un solo par y otros varios. Desciendo las escaleras desde un piso alto, empinado. Descender hacia el infierno tan temido: la calle. Allí donde aguarda el miedo porque la calle se ha convertido en un abismo peligroso. El mundo camina en puntas de pies. Muchos cuerpos caen y, como en varias tragedias griegas, algunos de esos cuerpos no tendrán siquiera sepultura.


Bajo lento por cada piso. Los hay sin luz, otros con una luz azul espectral.  Al alba desde el Minarete se anuncia la plegaria. La voz pasa de mezquita en mezquita al amanecer. Un canto une a la población, un hilo de oraciones se tensa en el cielo mientras el sol asoma. Los zapatos reposan en las entradas de las mezquitas. Para ingresar en el recinto se entra con los pies desnudos. La casa, con la peste, se ha vuelto el lugar sagrado, sacratus, el lugar donde se consagra y donde también –según la etimología– se sacrifica. La libertad quedó sesgada. Un megáfono anuncia cada noche que debes quedarte en tu casa, afuera está el enemigo, un nuevo Minotauro el COVID19 o una nueva Medusa, la peste que azota en el siglo XXI.


Quienes avanzan en busca de una vacuna son los nuevos Teseos y Perseos. Teseo, utilizando a la crédula Ariadna, logró matar al Minotauro que infundía el terror en Creta. Y Perseo, un poco engañado, salió a cortarle la cabeza a Medusa ayudado por ninfas y dioses quienes le brindaron cascos y sandalias aladas. El Minotauro y Medusa fueron vencidos. Igual la sangre siguió corriendo.


Del piso octavo emana una luz ambarina, hay una puerta entreabierta. Ir más allá de ella sería como traspasar las columnas de Hércules, una puerta abierta es siempre una invitación pero también es pasar un límite y poder quedarse como el pobre Ulises –el que reflejara Dante en su comedia –castigado –para siempre– en el infierno por no querer quedarse en su casa.


Dos pisos están oscuros. El corazón me late con el ritmo de un tambor africano. Cada puerta esconde algo siniestro, en algunas manijas y picaportes han puesto lazos blancos y otros rojos. No hay ruidos, no sale música, no salen voces. Nada, todo parece suspendido como en un cuadro de las pinturas negras de Goya. Imagino cabezas deformes, padres devorando a sus hijos, dos mujeres y un solo hombre, un aquelarre, viejos comiendo lo que les queda en las alacenas casi vacías.


Aclara, voy llegando al entrepiso. Desde las ventanas altas contrastando con los muros de piedra se ve el río. Se confunde con el Sena irrumpiendo en las vastas salas del Louvre. La peste de Azoth, de Poussin ( pintado entre 1630-1631) nos muestra a un grupo de hombres que van hacia lo imposible. Nadie puede huir. El terror, la desolación se imprimen en los rostros estáticos mientras las ratas corren sobre los cuerpos yertos. Poussin, para retratar la peste que castigó durante siete meses a los filisteos se inspiró de la Biblia –libro de Samuel– y en la peste que desbastaría a Milán en 1630. La llamada peste negra. Teme a los dioses, teme a los castigos divinos, nos dicen los vulnerables rostros cuya pestilencia trasciende a través de los lienzos.


El miedo se vive como se puede, se puede neutralizar, gestionar, anular, pero se materializa de una u otra manera. La puerta se abre hacia la desolada calle del barrio de Palermo. Solo bicicletas con repartidores de comidas enmascarados, mendigos que no tienen donde refugiarse. Algún ser deambulando con una bolsa de compras. A lo lejos me parece escuchar las campanadas de bronce que anunciaban el paso de los apestados en la Edad Media. O tal vez sea ese verso célebre de John Donne cuyas campanadas replican en nuestra memoria colectiva.


Vivian Lofiego es escritora y traductora franco-argentina. Entre otros libros publicó la novela Le sang de papillons  y los poemas Vida Secreta.
 


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