REVISTA DE MARDULCE EDITORA
ABRIL 2020 NÚMERO
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El milagro secreto


#CORONAVIRUS




        La posibilidad de permanecer encerrado durante semanas —para qué voy a ocultarlo— me produjo, al principio, una gran alegría. Siempre estuve convencido de que la literatura, a diferencia del teatro, la danza, el cine, el fútbol, los cursos colectivos de pilates, la feria orgánica de los domingos y la misa, es un arte del confinamiento. Para escribir o leer, es necesario sustraerse del mundo y de la compañía de los otros. El quijote, Frankenstein, los cantos, En busca del tiempo perdido y bla bla bla, fueron escritos en situación de cuarentena. Esta pura pérdida de tiempo que es la literatura es imposible sin tiempo libre de sobra.


Durante años, envidié la suerte de Jaromir Hladik, el escritor que inventa Borges en “El milagro secreto”. Siempre que leía esta ficción, me delectaba imaginar un mundo que se congelara durante un año, solo para mí y nada más que para mí, para que pudiera leer y escribir todo lo que no tenía tiempo ni de leer ni de escribir en nuestro miserable mundo descongelado.


El 22 de marzo del 2020, a las nueve de la noche, este deseo se hizo realidad, con esa avaricia que tiene la realidad para ejecutar, de tanto en tanto, nuestros deseos. El milagro me fue concedido, pero a medias. A tal punto que no sé si es legítimo hablar de milagro. Un milagro es todo o nada. Y un milagro a medias, un medio-milagro, no es un milagro, sino más bien una burla, una estafa, una maldición disfrazada de dádiva.


Mi súplica fue considerada por la nueva divinidad molecular que gobierna el destino de la humanidad. El nuevo mecenas de las artes y las letras es, ya no un príncipe, una primera dama, una institución, un banco, una empresa, un amigo o amante con fortuna, sino un virus de la familia de los orthocoronavirinae, domiciliado hasta hace unos pocos meses en los pulmones de los murciélagos.


En lugar de un año de congelamiento, Su Majestad, el Virus, me concedió unas semanas de confinamiento. Lo que ya es mucho. Y si por suerte escapé al estado cataléptico que golpeó a Jaromir Hladik, en realidad, no tengo motivos para regocijarme. Puedo moverme, pero a no más de un kilómetro de distancia de mi domicilio y solamente para hacer compras de primera necesidad, acompañado de mi documento de identidad y una declaración jurada. No salgo a pasear a mi perro, porque no tengo perro.


Si ya es bastante angustiante quedar confinado en un cuarto compartido, un monoambiente, un departamento, un dúplex o una finca en el campo, no me atrevo a pensar lo que sería quedar aprisionado en un cuerpo, por más que el cuerpo también sea un hogar en el hogar, una pensión donde coexisten, en perfecta armonía, tres litros de sangre, doscientos seis huesos, veinte metros de nervios y otro tanto de ganglios, vísceras que nunca dejan de trabajar, ni siquiera en tiempo de cuarentena.


Recién ahora comienzo a sospechar que Jaromir Hladik disimuló los efectos colaterales del milagro. ¿Cómo es posible que no le haya dado claustrofobia? ¿Cómo es posible que durante todo ese tiempo, sin falta de tiempo, no haya comenzado a sentir que todos los días eran un mismo día, interminable e indiferenciado, una misma sustancia sin fin, en que las percepciones, pensamientos, afectos, movimientos y recuerdos se aglutinaban hasta formar un puré informe y pegajoso? Basta de mentir: imposible escribir en semejantes condiciones.


La literatura es el arte del confinamiento, pero a condición de poder escapar de uno mismo. Y este es todo el problema. La ostra no puede salir de la concha. El caracol tampoco. La tortuga no puede salir de su caparazón. Yo, aún menos, de mí. Si a tanta gente le da un ataque de pánico al quedar atrapada en un ascensor, ¿qué ocurre cuando el ascensor es el propio Yo? ¿Qué hacer? ¿Dónde está el botón de alarma? ¿De qué sirve dar patadas contra la puerta, gritar hasta que te arda la faringe, ponerse a golpear contra alguna membrana, con la esperanza secreta de dar con una compuerta disimulada en el piso o en el techo, por donde escapar trepándose a un cable en el vacío? 


No me quejo. Estoy aprendiendo del virus. La literatura está necesariamente asociada a la no literatura. Para que exista la posibilidad de escribir, es necesario que exista también la posibilidad de no escribir y moverse con toda libertad.


Diego Vecchio nació en Buenos Aires y reside desde hace años en París. Entre otros libros publicó Microbios y La extinción de las especies.
 


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