REVISTA DE MARDULCE EDITORA
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El día que volvieron las garzas


#CORONAVIRUS

 



        Pasa un día y otro, la luz viene y se va, me ocupo de mis asuntos, escribo, leo, a veces me doy una vuelta por la Reserva Ecológica, voy a mirar el río, y los animales que se animan a mostrarse en público, camino mientras planeo un encuentro con amigos, y sueño que tengo una vida por delante. Entonces, de repente, aparece la muerte, y es como si ella hubiera siempre sido dueña de esta vida que creí mía. Me invade una apatía de tubos fluorescentes. Toda perspectiva de la calle en la que he estado viviendo estos últimos años, se me ha vuelto extraña a la vez que conocida. Los escasos transeúntes avanzan inestables como si sufrieran una baja de tensión. Y los adoquines bajo una telaraña de sombras,  semejan un puzle mal conjuntado.


El virus cruzó el mundo a bordo de nuestros cuerpos que vuelan en aviones. Hasta entonces, el cielo nunca estuvo completamente despejado. Cada minuto del día -por la mañana o por la tarde- hubo alrededor de 11.000 aviones en el aire, en algún lugar del mundo. 2014 fue el primer año en el que se superaron los 100.000 vuelos diarios. Sin olvidar los descomunales cruceros, verdaderas ciudades flotantes, que albergan a miles de personas.


En pantalla el rostro del gran jazzista Ellis Marsalis muerto por Coronavirus. Entre tanto, en Filipinas, el presidente Duterte, ordena disparar contra quien viole la cuarentena.


Leo en FAZ on-line, que desde que empezó la pandemia, La Peste, de Albert Camus, un libro prácticamente olvidado por el gran público, ascendió raudo a los primeros puestos de la lista de best sellers, y van por la sexta reedición en apenas tres semanas.


En los primeros días de la cuarentena del COVID19, el nombre de Bocaccio fue invocado en varias ocasiones por los amigos de Facebook. A mí, me vino el recuerdo de La Muerte Roja presentándose sin invitación en la fiesta del príncipe Próspero. Y aquel barco que nunca llegó a isla Mauricio, porque según nos cuenta Le Clézio en La Cuarentena, había estallado la peste antes de llegar a destino. El pasaje todo, un puñado de europeos y una multitud de indios, mano de obra para la recolección de la caña de azúcar, fue abandonado a su suerte en una isla  que con el correr de los días se convirtió en un infierno del que les resultaría harto  difícil salir con vida.

 
Contar historias, me digo, quizás sea una vía posible de rehuir este estado de excepción que amenaza con devenir la regla. El relato como un antídoto que evita que nos convirtamos en víctimas de nuestro propio miedo.  


Y entre tantos relatos de pestes pasadas, se filtra el argumento de una novela gráfica, una distopía que nada tiene que ver con la peste. “Surrogates”, tal es su nombre, sucede en un futuro próximo. En el año 2054, en una sociedad donde la robótica ha evolucionado lo suficiente como para permitir que androides de apariencia perfectamente humana, “los sustitutos” del título, nos reemplacen en la vida cotidiana, mientras nosotros, sus operadores humanos, acosados por el miedo, vivimos encerrados en nuestros departamentos, desde donde los controlamos mentalmente vía satélite. El operador, sin correr riesgos, percibe todo lo que experimenta su "sustituto" de manera directa, como si él mismo lo estuviera viviendo sin ningún tipo de intermediación, gracias a que las experiencias son inducidas como estímulos directos en su cerebro. Una situación que se traduce en millones de personas, más del 90% de la sociedad, viviendo enclaustrados en pequeños apartamentos mientras en la calle, los ‘surries’, sus avatares cibernéticos, los sustituyen a la hora de trabajar o de mantener relaciones sociales y personales. Sólo los parias sin posibilidades económicas para acceder a un “sustituto”, viven la vida de manera directa, es decir, sin filtros.


Para echar luz sobre esta “filtración”, se me hace necesario hacerme eco de la radicalidad política de Paul B. Preciado: “El virus dibuja los contornos de una nueva subjetividad, y una nueva forma de control del cuerpo. El sujeto fabricado no tiene piel, es intocable, no tiene manos. No intercambia bienes físicos, ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua, deja un mensaje de voz. No tiene rostro, no se reúne ni se colectiviza. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la dirección de correo electrónico, la máscara Facebook, la máscara Instagram. Es  un consumidor digital, un código, un pixel, una cuenta bancaria, una dirección a la que Amazon pueda enviar sus pedidos”.


La población permanece encerrada en casa, con la certeza de que el mundo ya no será nunca más el mismo. Hemos perdido el derecho de libre circulación, no debemos salir a la calle, toque de queda lo llaman algunos, todavía es demasiado pronto para saber qué hacer. Las autoridades no nos piden otra cosa que quedarnos encerrados en casa, provocando un verdadero estado de excepción, las libertades individuales han sido severamente limitadas, sufrimos en nuestros encierros la suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y trabajo. Y se acepta en nombre de un deseo de seguridad.


¿Cómo será el mundo una vez que pase la epidemia del COVID-19? Quizás siga siendo bastante parecido. Y sin embargo, todo indica que ocurrirán otras pandemias, otras mutaciones, la forma en que vivimos nos ha vuelto blanco de infecciones, la pérdida de biodiversidad y el deterioro de los ecosistemas debilitan nuestras defensas contra virus y pandemias.


Desde su sillón, el gato sigue mis movimientos con la mirada, quizás sienta curiosidad. Toda ilusión de que al mundo lo controlan los humanos se ha disuelto en un tiempo récord, le digo. Y lo que está en juego en estos momentos, es en qué mundo viviremos y qué humanos seremos. Entre tanto, casi imperceptible, la vida sigue su curso, una lagartija trepa por la pared hasta alcanzar la ventana, y desde allí nos espía. Las garzas se pasean por los parques desiertos de Puerto Madero, y familias de carpinchos se aventuran en los countries, ellos vuelven como vuelve la luz cada mañana. 


Marcelo Plaza es escritor, cinéfilo y lector en Tusquets Barcelona. En cine trabajó junto a Werner Schroeter en el documental De la Argentina. Publicó las novelas Brandsen y Las lunas de Urania.
 
 
 


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