REVISTA DE MARDULCE EDITORA
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Pensamientos en cuarentena


#CORONAVIRUS




        Esta no es mi primera cuarentena. Cuando tenía veinte, sufrí un momento de mucha angustia en el que casi no sentía seguridad fuera de mi casa. Salía poco. Era muy selectiva con los lugares a donde iba. Tenía mucho tiempo libre. Claro, en esa época estreché mi relación con la lectura y los libros. No era que me faltara curiosidad por las cosas, sino todo lo contrario, creo que mi deseo de mundo era muy intenso y me daba miedo. Y el miedo puede ser tan extremo que hasta te arranca de las manos lo que más deseás justo en el momento en que entrás en contacto con ello.


Como decía, yo había encontrado un espacio virtual en mi propia casa, no el de internet sino el de la poesía, la filosofía y la ficción. Estas prácticas se volvieron un campo abierto donde experimentar muchas emociones que mi inmadurez de ese entonces me impedía sentir de primera mano. Es muy extraño lo que pasa con los libros: producen en nosotros un simulacro de vida. Entramos en otro universo, de golpe, conocemos circunstancias fantasmales, que dejan una secuela en nuestras psiquis.


Yo aprendí mucho en ese espacio virtual. Fue un gran laboratorio. Pero no fue suficiente. Siempre, y de forma inevitable, hay que enfrentarse al afuera. Al riesgo. A vivir, que en mi caso significó aprender a estar distraída aun sabiendo que no podía controlar prácticamente nada.


Ahora que vuelvo al encierro, aunque esta vez sea uno impuesto, casi no tengo tiempo de leer. Estas palabras las escribo mientras mi hijo duerme. Me la paso jugando con él, haciéndolo dormir. Lavo ropa, limpio baños, desinfecto los pisos. Preparo flan, aprendo a amasar pan casero. Cuando puedo salir, hago las compras. Este es un encierro totalmente distinto. Y al final del día, me quedo pensando en lo devaluado que está lo doméstico. Sin ir más lejos, me arriesgo a decir que esta práctica del hogar, que podríamos llamar “el cuidado del hábitat” me ayudó a sobrellevar mis angustias pasadas más que los libros.


Es casi invisible el aprendizaje que se produce alrededor de esos rituales que repetimos día tras día. No sé por dónde empezar a contar lo que yo entendí a través de ellos. Quizás cuando me mudé sola. Ese es el momento en que comienza la íntima relación con una casa. Primero desatendía las tareas, los platos se acumulaban, la comida se vencía en la heladera, me faltaban alimentos básicos, la cama quedaba deshecha. En fin, la casa era un caos. Y lo soportaba, sin darme cuenta, lo soportaba porque en el fondo esa situación me estaba molestando. Pero no quería que nada me sacara tiempo para seguir leyendo, para continuar charlando con alguna amiga sobre una supuesta teoría espiritual.


Lentamente la necesidad fue ordenando  mi relación con lo doméstico. Empecé a darle más espacio. Tomé conciencia de que me incomodaba si algo estaba sucio o fuera de lugar. Robé horas del día para procurar el equilibrio de mi casa. Y cuando puse la atención en eso empezó a cambiar mi relación con el tiempo. Antes, yo llegaba tarde a todos lados, pensaba que podía hacer mil cosas en dos horas. Eso era porque vivía demasiado en mi cabeza, y una persona muy cerebral está desconectada de la materia. En el sentido de que ignora los procesos por los que atraviesa todo lo que es cuerpo. Hacer algo lleva tiempo, está lleno de detalles. Por ejemplo, si voy a lavar ropa, separo por colores. Separo por texturas. Algunas prendas se lavan a mano, otras a máquina. El secado lleva otro tiempo. Doblar, guardar. Esto puede demorar días. Y después están esas micro-acciones que hacemos siempre, como calentar el agua en la pava, volcar el agua en la taza, untar la manteca y puedo seguir. Puedo llenar páginas enteras enumerando estos principios cíclicos que nos construyen más allá de nuestra conciencia acerca de ellos.


Darle valor a las tareas elementales, entender los procesos de la materia, cosas tan simples y tan alejadas de esta vida que nos lleva rápido, ¿hacia dónde? Para mí fueron un hallazgo. Y sucedió de manera imperceptible y natural. Seguramente hasta me modificó los tejidos neuronales. Y todo empezó cuando se transformó la percepción que yo tenía del tiempo. Porque aprendí que los resultados no son la razón de mis acciones, sino solo un desprendimiento. Lo que deseamos no aparece de un día para otro empaquetado como un regalo del cielo, consiste en repetir de forma sutilmente distinta un puñado de pequeños detalles a lo largo de los meses, incluso de los años. Más aún, lo que deseamos nunca es un objeto, desear es un estado, una especie de entrega a la alegría.


Barrer es una cinematografía de todo esto que pienso. Cuando cepillo el piso veo cómo se acumula el polvo que permanecía casi invisible sobre la superficie. A las horas registro de nuevo algunas manchas en los cerámicos de la cocina. De noche, entonces, después de que acuesto a mi hijo, vuelvo a barrer esa zona de la casa. La repetición es lo que me hace descubrir que hacer esto tiene un sentido, ya no es un sacrificio. Entro en un ciclo. Sin saberlo estamos dentro de millones de ciclos.


¿Entonces por qué desatendemos estos pequeños oficios domésticos, si son la razón por la que sobrevive nuestro hábitat? Incluso la belleza, que para mí estaría en la cima del sistema que sostiene nuestras casas, está arraigada en estos oficios. Posiblemente sea porque son tareas que requieren un esfuerzo físico, y lo manual, en nuestra cultura, está por debajo de lo mental. Un desprecio por el cuerpo que quizás venga desde muy lejos, tal vez desde los mismísimos griegos antiguos que dictaminaron el amor por las ideas y la sospecha de todo lo que es materia. 


A contracara de esto, dicen que la escritura china fue diseñada observando los procesos de la naturaleza. Quienes leen sus trazos y entienden la combinación de sus caracteres pueden percibir la cosmovisión material del mundo de esta cultura. Muy distinta de la nuestra que puso toda su energía en conseguir las abstracciones de las cosas. Donde nosotros buscamos captar la idea de algo, es decir, identificar algo, los chinos intentan, en vez, dar con lo que no puede generalizarse. Ahí radica todo un gesto poético.


También es posible que este desprecio por lo doméstico tenga que ver con que nadie quiere hacerse cargo, literalmente, de su mierda. Deshacerse de sus residuos, de sus propios restos.


En todo caso, por una razón u otra, ocuparse de lo doméstico puede volverse un ejercicio increíble. Quizás sea lo más cerca que nos queda de esa vida antigua en la naturaleza en donde debíamos salir a cazar, a cosechar, a prender fuegos. No teníamos escritura, pero éramos grandes lectores de todas las señales que el mundo nos ofrecía.


En esta cuarentena, estoy entrando en una intimidad mayor con el cuidado de mi hábitat. Mi atención está puesta en eso. Quiero hacer de la casa mi pequeña tierra a la intemperie.


Victoria Schcolnik
es escritora. Dirige Espacio Enjambre-pequeño centro de investigación sobre escritura. Ha publicado los libros de poemas El refugio y Una tierra, y la novela Cuando el peligro es pequeño somos felices (Mardulce).


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